viernes, 15 de octubre de 2010

Blog Action Day 2010 – La deuda de la justicia con el agua

El abogado está formado para tratar problemas que se presentan en sociedad.  Como parte de su formación, se le enseña la manera como debe litigar para efectos de dirimir las pretensiones de un individuo frente a las de otro.  En ese sentido, el andamiaje del derecho está diseñado de manera específica para concebir el mundo al servicio del hombre, y no concebir al hombre como parte del mundo.

Precisamente en ese sentido es que la comunidad internacional ha venido realizando esfuerzos de manera importante para que el ser humano cada vez carezca de menos, y pueda acceder a más bienes y servicios, de manera igualitaria.  En los últimos tiempos el mecanismo que se suele utilizar es el de los derechos humanos.  El alcance que se le ha dado a los derechos fundamentales y derechos económicos y sociales como formas de una gran categoría que llamamos derechos humanos nos lleva a querer garantizarle a las personas algo.

Gran auge ha tenido en los últimos tiempos el tema del agua.  El mundo no tiene agua.  Mejor: El hombre no tiene agua dulce para consumir.  ¿Cómo es posible esto?  Es sencillo.  Las fuentes de agua han estado dominadas por algunos países, y dentro de esos países, por algunas personas o estamentos.  Lamentablemente hay lugares como África en donde conseguir agua es verdaderamente un padecimiento.  De hecho, previo a escribir esta nota, recibí un correo con datos relacionados con el tema del agua, y realmente es alarmante saber que mientras el norteamericano promedio gasta alrededor de 15 veces más cantidad de agua en su día a día que el resto de personas de países en desarrollo, en África las mujeres y niños caminan un tiempo combinado (si se suma lo que cada uno de ellos camina) de 109 millones de horas únicamente para efectos de conseguir acceso al agua.


Imagen tomada de:  www.mynewsletterbuilder.com 

Si fuese a tratar esos temas aquí, probablemente habría de recurrir al ejemplo de los romanos, quienes siempre fueron conscientes de la importancia del agua y no escatimaban esfuerzos por construir grandes acueductos que permitieron abastecer a las ciudades del preciado líquido.  Sería importante destacar de qué manera influye la hidratación de las personas en su desarrollo intelectual, y cómo el agua es el fundamento de cualquier concepto de aseo que se tenga.

Sin embargo, no son esos la clase de temas que ocupan este espacio.  Probablemente esos serían puntos de vista que asumirían los colegas blawggers Ricardo Arrieta o Gonzalo Ramírez.   Yo por mi parte considero los dilemas que actualmente se manejan frente a los derechos humanos, el agua y las garantías de acceso son la parte del cuadro que menos me interesa.

Esa visión parte precisamente de una visión del mundo según la cual: “yo uso, yo bebo, yo vivo”.  Me gusta más cuando lo veo desde la óptica: “el agua me quita la sed, el agua calma la fiebre, el agua me mantiene limpio”.  En el primer caso veo al bien con un valor extrínseco que lo torna irrelevante frente a mi vida misma.  En el segundo caso, le doy un valor intrínseco al bien, y por tanto realmente valoro la cosa.  Para que se entienda la diferencia que quiero plantear, supongan la existencia de un perro.  ¿Qué valor puede tener un perro para nosotros?  Probablemente se pondrían de acuerdo en señalar que el mercado señala un valor aproximado y sobre esa base puede ser un poco más o un poco menos.  Sin embargo, si le preguntara a las personas que poseen perros de mascotas (y sobre todo aquellos que las tratan casi como a un miembro más de la familia) que le den un valor a esa mascota, la respuesta sería totalmente diferente.

Qué ha cambiado entre uno y otro escenario, nada salvo el punto de vista.  Bien dicen los economistas que el valor de las cosas que se encuentran en el mercado es asignado por las personas, y varía dependiendo de las leyes de oferta y mercado.  En todo caso, estarán de acuerdo ellos en que el importante establecer qué tanto necesito algo para asignarle un valor.

Eso me lleva a pensar, entonces, que las personas realmente no tienen ninguna clase de afecto por aquello que los rodea.  Si miramos con detenimiento, son pocas las religiones (dominantes en el mundo) que propenden por el equilibrio entre el hombre y su entorno.  La judía y cristiana (en sus diferentes vertientes) que deriva de la primera, sitúa al hombre como cabeza de todo, y capaz de disponer de todo.  Hasta ahí, el asunto pasa por la soberbia y la egolatría, pero nada más.  Sin embargo, el mayor problema es cuando esa soberbia y egolatría se multiplica por el número de habitantes (humanos) que hay en el mundo.  Ahí sí hay un problema.

Tanta egolatría y soberbia hay, que jurídicamente el asunto se ha planteado como un tema de derechos humanos, como si las plantas, los animales, los insectos y los hongos no tuvieran derecho a acceder al agua.  Incluso, desligándonos un poco del tema propio de los derechos humanos, si se revisan los conceptos básicos en materia de derecho civil, y particularmente en el tema del derecho de bienes, encontramos que los derechos son personales o reales, y en ambos casos, el protagonista es el hombre como individuo.  Una persona frente a otra (derechos personales) o una persona respecto de una cosa (derechos reales).  En cualquier caso, la persona está en un pedestal.  Nació para ser amo y señor de todo.  Como todo administrador que piensa únicamente en su provecho propio, el modelo está destinado a fracasar.  El mundo se acaba, y nosotros seguimos con ansias desesperadas por acaparar.

Ese modelo del mundo para los humanos no interesa a este espacio.  Me resulta más interesante cuando el hombre es capaz de abstraerse de sí mismo para saber que no es el único ser sobre el planeta, y que como tal, el agua no es algo de su propiedad exclusiva y provecho exclusivo.  Me interesa más saber por qué hay personas que extraen agua de los polos como si los polos fueran suyos y como si el agua que allí hubiera también.  Me desvela preguntarme a diario cómo es que todavía funcionan sistemas de evacuación de residuos que llegan a quebradas y ríos (fuentes de agua dulce).  Me deja estupefacto saber que ante una situación crítica (visto desde el punto de vista de los humanistas jurídicos o de otros menos humanistas como yo) en materia de agua, la justicia no sanciona a quien contamina, sino a quien contamina ‘demasiado’.

Cuando me refiero a justicia, no me refiero aquí a los jueces.  Para mí, ese símil perdió sentido hace mucho tiempo.  Justicia lo trato como el valor y servicio que existe en desarrollo del Estado y que tiende a garantizar la estabilidad del orden establecido.  Cualquiera pensaría que sería lógico que ante un problema de carácter mundial que incluso va más allá de la raza humana y que trasciende las fronteras, la humanidad se comportaría con la suficiente seriedad como para entender que no es viable proteger las fuentes de agua.

Ya muchos han vaticinado que las próximas guerras serán por agua, y probablemente tienen razón.   Para proteger mil millones de galones de agua, probablemente contaminaremos más otros 3 mil millones.  Esa es la lógica humana.  Sin embargo, el derecho, aquel instrumento que ha sido destinado para ayudar a solucionar los problemas, lo ve venir, lo está viviendo, y aún no sirve de nada.

¿Y por qué no sirve de nada?  ¿Es que acaso todo el mundo es tan insensato para no pretender el agua?  No.  Precisamente una iniciativa como la de Blog Action Day demuestra que hay muchos que estamos preocupados por el tema.  Sin embargo, preocuparse no es suficiente.   “Yo me preocupo pero tú lo solucionas” es una política tan inviable como la de seguir procreando a tasas ascendentes, cuando no hay espacio para dar techo y alimento a tantas personas.  Y por supuesto, agua tampoco.  La solución del agua no está en sancionar a quien contamina.  Eso es tan ilógico como creer que los problemas de una sociedad se solucionan a partir del derecho penal.

La justicia mundial debería realmente revisar cuales son los componentes que rodean el uso, la renovación y la malversación de fuentes hídricas.  ¿Quién consume? ¿Cuánto consume?,  ¿Por qué?, son preguntas que deben responderse para poder buscar soluciones sensatas sobre estos asuntos.  No podemos pretender sancionar a personas individuales cuando es la cultura humana la que está fallando.  Sería bueno que ante nuestro próximo ataque de sed que refresquemos con un vaso de agua, pensemos en cómo nos sentiríamos si supiéramos que en unos pocos años contaremos con océanos enteros llenos del líquido, ríos que fluyen llenos de él, pero ni una sola gota con posibilidad de ser consumida.  Luego, pensemos en cuantas veces pudimos hacer algo al respecto pero esperamos que nuestros queridos mandatarios lo hicieran.  ¿Será que ellos también se encargarán de traernos el agua que necesitaremos el día de mañana?

A mis colegas abogados, sean jueces, profesores o litigantes, una reflexión:  Si no son estos problemas críticos los que debe enfrentar el derecho y la justicia con decisión, entonces ¿en qué estamos?