jueves, 8 de marzo de 2012

De conversaciones inteligentes y otras bobadas

Cuando concluyó su exposición, soltando la tecla izquierda del ratón y girando con cierta brusquedad la cabeza para indagar mi sentir sobre el particular, percibí esa mirada con la cual no he podido habituarme desde niño.  Es esa clase de mirada que no indaga pero descubre todo.  Hace algún tiempo no tenía esa misma sensación.  La última vez que la tuve, había sido con un médico, en una cita en la que yo tenía que exponer algo que no me resultaba muy cómodo describir.  En esta ocasión, en cambio, no había nada incómodo en la conversación.  Se trataba de una charla en la que de manera muy amable contrastamos principios morales y religiosos a través de las vivencias de un tercero.

Cuando finalmente nuestras miradas se encontraron, él estaba esperando saber si estaba de acuerdo con la manera en que este sacerdote brasilero, lo arriesgó todo para ayudar a los miserables, y con empeño y dedicación ha hecho milagros tangibles.  Esa era la anécdota que él venía relatando desde hacía algunos minutos.  El tema de fondo, en su sentir, era que la religión hoy en día implicaba una modalidad de farsa individual.  Voy juicioso a misa, pero no practico absolutamente nada.  Personalmente, estaba de acuerdo en la afirmación, y me consideraba un pájaro perteneciente a este no tan selecto grupo de individuos.  “Claro, hay peores”, pensé.

Por algún motivo que en este momento me resulta difícil recordar, la conversación adoptó otro rumbo, y llegamos a una discusión algo más agradable para mí.  Se trató de una conversación breve en la que hablamos del colonialismo intelectual.  Hoy en día, hablar sin citas bibliográficas de cuando menos treinta grados de latitud o 80 de longitud de distancia, está mal visto.  El que más sabe, es el que mejor puede citar a Marx, decíamos, aunque lleve algún tiempo muerto y nunca hubiera conocido la lucha de clases colombiana.  Con un comentario muy digno de mi interlocutor, ejemplificó cómo la clase obrera aquí en Latinoamérica no existe, y que bajo ese entendido, el marximo es difícilmente aplicable.  “Sin embargo”, rematé yo, “hay que saber citarlo”.

Esa noche, hablamos un buen tiempo.  Hablamos una cantidad de bobadas, y de otras cosas que realmente no lo son, pero lo hicimos a partir de una estructura intelectual propia y no con ánimos de enmarcar en neón nuestros correspondientes coeficientes intelectuales. Eso último, que intuí aquella noche lo habría de verificar tan solo un día después, cuando nos volvimos a encontrar, y surgió una discusión acerca de las varias formas en que se discrimina a diversos sectores de la población, por las razones más sencillas.

En el caso colombiano, hay muchos que sienten que son colombianos únicamente porque el pasaporte así lo dice, pero que probablemente sostendrán sus conversaciones en otro idioma más de su agrado.  Son verdaderos ‘extranjeros por adopción’.  Normalmente, esta clase de individuos son los que suelen llamar ‘indios’ al resto de la población, y se divierten cuando ven que a algunas personas les gusta ir al Parque Simón Bolívar, o a Maloka.  Luego vienen aquellos que se doblegan ante los ‘extranjeros por adopción’.  Ellos se sienten colombianos, pero se avergüenzan de compartir el título con un 70% o más de la población.  “Ahí estamos pintados”, es una frase usual en ellos.

Para mi interlocutor, era menester intentar averiguar qué razones sociológicas e históricas llevaban a esta situación tan extraña.  Según él, mucho tenía que ver con el sistema de colonianismo, que era propio de Colombia.  Repliqué yo en su momento que no estaba acuerdo del todo con este tema, ya que colonias ha habido de todas clases, e incluso en otros continentes, pero no era claro que el sistema funcionara igual en todos los países colonizados, ni en los colonizadores.  En me sentir, el asunto seguía siendo producto del servilismo intelectual del que habíamos hablado el día anterior.  Como muy buen sistema feudal, hay un GRAN señor feudal, y de allí para abajo.

No sé realmente cuántas horas pudimos conversar, ya que el grupo era nutrido y la conversación fluida.  Sé, sin embargo, que a nadie realmente le interesaba salir triunfador, o procurarse discípulos.  Conversaciones medianamente basadas en conocimiento histórico, sociológico, político o simplemente anecdótico.  Sin embargo, no era conversación ilustrada.

En particular, esta gaviota ignorante no tuvo necesidad de recurrir a su pequeño libro de citas preparadas para público exigente, de las cuales el 100% se trataba de cadáveres extranjeros (término utilizado por mi interlocutor para referirse a autores extranjeros fallecidos hace mucho).  De hecho, creo que en cierta forma era un reto intentar revalidar la importancia de pensadores locales, algo que tristemente no ocurre en este país. 

Luego, antes de dormir aquella noche, reiteré mi deseo ante Dios, de que tantas mentes excepcionales que hay en el mundo, se dedicaran más a sostener conversaciones inteligentes, y no tanto conversaciones ilustradas.  Sería bonito que no tuviéramos que intentar ser o no ser una ‘autoridad’ en los temas, sino que realmente pudiésemos sacar proyectos adelante sin esperar la corona de laurel, o reverencias pomposas.  Lamentablemente, el ego es un asunto enviciante, y lamentablemente, entre más escenarios he tenido la oportunidad de conocer, más evidente me resulta esta realidad.

A mi contertulio, le agradezco su genial labor de no estratificarnos a todos los que conversábamos.  Muestra de que realmente quería una conversación inteligente, y no ilustrada.  La conclusión fue lo de menos, pero el viaje estuvo sabroso.  Sé que ya habrá oportunidad de que se ‘mida’ con otros ilustrados ilustradores.  Sin embargo, tengo claro que eso no le importa, y quizá por eso, lo valoro más.

Al apreciado profesor y amigo extranjero, cuyo nombre no diré para no caer en la más baja de las contradicciones, un abrazo y un saludo a lo lejos.