viernes, 3 de julio de 2009

Jaque con sacrificio de dama

Nada vale, nada cuenta. Todo está allí. Lo vemos, pero quizás no lo observamos bien. El espacio es reducido, y en él, las reglas son eternas e invariables. En él, la fuerza nada vale. La estrategia es la fuerza misma. Ambas partes lo saben y por ello cada quien se piensa fuerte e invencible. No obstante, trasegar en ese campo de batalla hace que luego de salir de él, nada sea lo mismo. Siempre, no importa cuántas veces se pase por allí, algo habrá de cambiar.

No se puede perder tiempo en el ajedrez. Realmente el tiempo no se pierde, se invierte. Quienes han jugado e intentado desentrañar los más íntimos secretos de este juego, entienden que cuando se adentra en él, la raza, tanto en el juego como en la vida importa poco. La capacidad lo es todo. La capacidad de simular y disimular adquiere un valor insospechado, del que depende la supervivencia misma. Anticipar al oponente, y preparar un ataque mientras se desarrolla juego, es un arte increíblemente bello. Aquí, no siempre ir hacia delante implica ir adelante. Matar no es siempre vencer.

Respecto de esto último, quienes han llegado a dominar el juego con mayor destreza que el promedio, comprenden el valor de la posición en el tablero. Entienden que el dominio de posición es fundamental. El problema no es llegar a ella, es mantenerla. Alfiles que se tocan una o dos veces en el juego pueden ser la clave para un triunfo inesperado. Esa es la estrategia. Esa es la fuerza.

Por posición, las partes se observan en la frialdad de la madera, intentando descifrar las señales neuronales del oponte. Por posición, se puede llegar a dar ventajas, que en realidad no lo son, descubriendo finalmente la sorpresa mortal. Napoleón sabía esto, así como también Bolívar lo entendió. En el ajedrez, se puede permitir sacrificios altos con miras al triunfo. Una de las jugadas más arriesgadas es el sacrificio de la reina, o de la dama. Para ello, se coloca la ficha en posición de ataque (simulado) de forma tal que una ficha de la defensa acabe con la dama, pero al hacerlo, sacrifique posición que posteriormente va a ser atacada. Requiere de una magia especial que no todos poseen.

Sin duda, las fuerzas militares colombianas quisieron evocar todos estos aspectos al momento de poner en ejecución la conocida “Operación Jaque”. Lo hicieron, basados en las labores de inteligencia, seguros de la desfachatez estratégica, y confiados en su gestión diplomática posterior. Con trampa, o sin ella, los riesgos eran calculados. Tanto Estados Unidos como Francia tenían intereses en que la operación fuese exitosa. No alborotarían el avispero después. Efectivamente así fue.

Hace algunos momentos destaqué la pericia que se requiere para sacrificar la dama en procura de la victoria. En el caso de la “Operación Jaque”, la consigna era precisamente la contraria. Impensable sacrificar a la dama. La dama era la llave del triunfo. En efecto, Ingrid Betancourt era un botín más que suficiente para que la operación fuera considerada exitosa, más allá de los demás resultados positivos que se pudieran obtener. Era un ícono en el momento, y un símbolo de paz. La estrategia era la de coronar, es decir, cambiar una ficha de baja jerarquía (peón) por una de mayor jerarquía (dama, en este caso).


Imagen tomada de: http://www.cubaencuentro.com/michel-suarez/blogs/con-lupa

Siendo Ingrid un ícono de paz, su señora madre, doña Yolanda Pulecio, se creyó con derecho de actuar como si padeciera de alguna clase de oligofrenia, que le impidiera discernir lo ficticio de lo real. Atacar la institucionalidad y elogiar la subversión, verdadera causante del secuestro de su hija, son solo algunas muestras de las actitudes ‘extrañas’ de la señora Pulecio. Por cierto, no fue capaz de dar las gracias al Presidente de la República por el rescate, y ni siquiera se retractó de sus agresiones anteriores. La señora Pulecio, al parecer, no juega mucho ajedrez.

Sin embargo, más sorprendente aún es lo que ocurrió con su hija. No solo era ícono de paz y de lucha antisecuestro durante su cautiverio, sino que salió a ser potencial Premio Nobel de Paz. Yo manifesté, en su momento en este ingreso, mi postura sobre esa proposición, que a mi parecer, resultaba absurda. Más allá de mi posición respecto de ese tema, el caso es que nuestra dama, coronada en la ‘Operación Jaque’ había salido triunfante. Era la mujer del momento.

Ha transcurrido un año desde que la señora Betancourt recuperó su libertad. Se han conocido detalles sobre su altivez, que la caracterizó como senadora y candidata presidencial, también en cautiverio. Aparentemente hubo deslices sexuales, agresiones y pataletas habituales, y son pocos los que actualmente la defienden. La pelea con su cónyuge, está al rojo vivo, y cada vez salen más y más libros en los que no se refieren a ella en términos muy amables. Ella, mientras tantos, se fue del país y disfruta de una vida ajena a la población que durante mucho tiempo sufrió, marchó y clamó por ella.

Kasparov, Kramnik, Deeper Blue y el Chessmaster estarían anonadados. No es usual que el jugador corone, y que luego de haber obtenido una dama, la sacrifique sin miras claras de obtener posición. Eso es lo que ha ocurrido con Ingrid. Pasó de heroína a villana. Algunos pensarán que se le juzga injustamente. Otros dirán que se trata de una campaña de desprestigio por la existencia de un complot en su contra. Otros, como yo, diremos que Ingrid nunca fue reina, y que esa era parte de la simulación de la estrategia en este ajedrez del secuestro.

La Operación Jaque pasó, y mientras el gobierno demostró que es todo un ajedrecista, con Ingrid y su señora madre, está claro que ni les creyeron su simulación, ni han logrado disimular. La consecuencia ha sido perder valiosa posición. No hay estrategia, no hay fuerza.