jueves, 15 de agosto de 2019

La razón de ser del Estado en la actualidad

Hace doscientos años, lograban los territorios de Colombia, Ecuador, Venezuela, y parte de lo que hoy es Perú, la independencia absoluta de España.  Tras esto, poco tiempo después, la naciente República de Colombia (conocida mejor como la Gran Colombia), procedió a expedir una Constitución con un par de curiosidades que vale la pena destacar:

En uno de los prefacios mejores escritos de nuestras ya poéticas Cartas Políticas, se señala lo siguiente:

"COLOMBIANOS: El más ardiente deseo de todos y cada uno de vuestros Representantes ha sido cumplir fielmente con los altos deberes que les habéis encargado, y creen haber llenado tan sagradas funciones al presentaron la CONSTITUCIÓN, que ha sido sancionada por el voto general.  En ella encontraréis que sobre la base de la Unión de los Pueblos que antes formaron diferentes Estados se ha levantado el edificio firme y sólido de una nación, cuyo Gobierno es popular representativo: y cuyos Poderes, Legislativo, Ejecutivo y Judicial, exactamente divididos, tienen sus atribuciones marcadas y definidas, formando sin embargo un todo de tal suerte combinado y armonioso; que por él resultan protegidas vuestra Seguridad, Libertad, Propiedad e Igualdad ante la Ley."

De verdad... les juro que nada me gustaría más en este momento, que saber que eso que allí se dijo se hubiese cumplido en algún momento de nuestra Historia.  De mis estudios, así como del tiempo que he podido ver con mis propios ojos lo que ocurre en el país, no he logrado jamás ver algo siquiera cercano a lo que allí se dice.  Por el contrario, si algo le queda claro a mi alter ego, es que no hay bienes, derechos o garantías más amenazadas en nuestra maltrecha Repúbica, que la Seguridad, la Libertad, la Propiedad y la Igualdad.

Es curioso llegar a esa conclusión, porque si se revisa la filosofía política que dio forma al concepto de Estado, precisamente eran esos derechos los que justificaban la existencia de ese "algo" externo que debía surgir para gobernarnos, y unirnos.  La Historia ha mostrado que es difícil lograr siquiera parcialmente lo que dice este preámbulo, dado que lamentablemente el actuar de la autoridad es perfectamente negociable, a todo nivel.  Que mencione esto a nivel de el Congreso de la República no es (ni debe ser ninguna sorpresa).  Los auxilios parlamentarios, la mermelada, y la yidispolítica (solo por utilizar tres ejemplos) muestran que el legislativo realmente no está enfocado en garantizar la seguridad, la libertad, la propiedad o la igualdad ante la Ley.

Lamentablemente la corrupción es un problema tan subvalorado en su complejidad, como en su operatividad.  La corrupción ha llevado a que acudir ante un Juez, un Comisario de Familia, un Fiscal, un Inspector de Policía, se convierta en una verdadera odisea.  Antiguamente, el boom de la tutela nos mostraba que la justicio podía prevalecer sobre la legalidad, pero incluso eso actualmente está amenazado.  En Colombia triunfó inicialmente el positivismo kelseniano, y actualmente ha venido siendo reemplazado por un modelo realista jurídico.  En cualquiera de los dos casos, la situación podría ser excepcionalmente buena, o increíblemente desastrosa.  En nuestro caso, hemos venido evolucionando de lo regular hacia lo malo, con velocidad constante.  Ello es así, en la medida en que el Estado hoy en día no es visto como el que impone las reglas de juego, el que debe garantizar un orden jurídico y social, sino simplemente como un pagador.

"Voy a contratar con el Estado", "Yo trabajo con el Estado", "Voy a demandar al Estado", "El Estado debe pagar"; todas ellas son frases con las que se encuentra una persona a diario.  El Estado proveedor, el Estado que paga, el Estado que abastece.  Esa noción del Estado que abastece, y no del Estado que manda hace que el comportamiento del súbdito frente al Estado, ya no sea de súbdito, sino de acreedor económico y moral.  El Estado, es el culpable de todo, el Estado es el que me debe, y debo intentar obtener como sea el máximo provecho posible del Estado.



La razón de ser del Estado, ha variado significativamente.  En la actualidad, la actividad del Estado se reduce a pagar mucho, e inventarse cuanto mecanismo sea posible para recuperar dinero a través de las multas.  Un ejemplo claro de lo anterior se da en las vías de Colombia.  Si tomamos como ejemplo la vía Bogotá - Villeta, se observará que lo que en su momento fue una excelente vía, cada vez está más difícil de recorrer, y a ello debe sumarsele el hecho de que los límites de velocidad permitidos a lo largo de todo el trayectos, promedian los 50 kilómetros por hora (lo cual para una vía de doble calzada y doble carril por calzada, es ridículo).

La razón de ser del Estado ha variado significativamente.  En la actualidad, ni en Bogotá, ni en Washington, ni en Paris se está seriamente teniendo en cuenta lo que la población requiere. El Estado ha pasado de ser "el supremo" a ser el tesorero de las corporaciones.  No se falta a la verdad si se señala que quienes verdaderamente detentar el poder son las grandes corporaciones, quienes por ser tan grandes, no le responden realmente a nadie. De hecho, es tanto el afán de los Estados de que estas corporaciones tengan negocios en sus territorios, que harán lo que sea (como lo ha venido haciendo histróricamente Colombia) para que vengan.

TAREA:  Relea, por favor, el párrafo en negrillas.  Cierre los ojos y visualice ese lugar del que allí hablan.  Ponga la mano en su corazón y piense si es realmente su país el que logró visualizar al cerrar los ojos...  Me cuentan, por favor.
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miércoles, 30 de enero de 2019

Manifiesto del machista postmoderno

La sociedad postmoderna se nos revela extraña y libertaria.  Nada es lo que debería ser y cada vez se nos revela que el ser, el momento, lo concreto, supera toda consciencia y noción del deber ser.  Con Hegel se decía que la modernidad exigía un proceso de autocersioramiento, y que en virtud de ellos, ella (la modernidad) se jugaba según sus propias reglas. En esa modernidad, las realidades se fundaban en conceptos racionales y no en decisiones personales. En ella los conceptos de hombre y mujer, así como las relaciones de poder existentes entre ellos tenían un respaldo histórico para el hombre frente a un discurso racional/filosófico de la mujer para reivindicar sus derechos, tantas veces menospreciados.

Ya Habermas y Lyotard nos daban pistas para entender que también la modernidad -a la que ellos mismos también se refirieron- fue superada por la postmodernidad, en donde nada es lo que en principio parecía que debía o parecía ser. Es en este contexto, el de lo postmoderno en el que el hombre, o mejor, el varón, debe volver a replantearse su rol en el mundo, en la sociedad, y en su propia vida.  Lo anterior, dado que la ontología feminista ha mutadoo y actualimente ubica al varón en un nivel evidentemente inferior al suyo, responsable de un sinfín de desgracias que se le atribuyen históricamente (con razón), para legitimar toda una respuesta social que lo ubica hoy en día como alguien inherentemente malo (sin razón).  El hombre postmoderno no es hoy lo mismo que era a partir de la modernidad, al menos no para ellas.  La narrativa feminista postmoderna, que también es muy distinta de la narrativa feminista moderna no busca ya igualdad y respeto para la mujer sino preponderancia y supremacía, basados en una noción de desprotección de la mujer, concepto a priori que en muchos casos merece ser severamente cuestionado.

Si miramos históricamente las grandes gestas políticas en pro de la libertad, encontraremos que en ellas existe una necesidad inaplazable de sentar principios fundamentales sobre el porqué de estas decisiones liberales.  En la declaración de inependencia de los Estados Unidos se proclama el principio de igualdad, junto con el reconocimiento de derechos inalienables tales como la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.  También con la proclamación de la Constitución de la Primera Republica francesa entendió que el olvido y desprecio de los derechos naturales del hombre eran las causas de los males del mundo, mal que debía ser remediado.  Es por ello que en la realidad actual, también el hombre, aunque el feminismo postmoderno no lo considere así, merece ser feliz y merece ser respetado.

La sociedad impulsada por el feminismo postmoderno ha logrado importantes avances en sus derechos, y nada resulta más encomiable.  Sin embargo, cuando dichos avances implican el desconocimiento o menoscabo de los derechos del varón, hasta allí deben llegar los comités de aplausos.  Nada existe que justifique la preponderancia de derechos de una mujer frente a un hombre, en contextos en los que deben ser tratados iguales.  La mujer no debe tener más credibilidad que el varón por el hecho de ser mujer, ni tiene por qué (ella sí) poder maltratar a sus parejas hombres generando orgullo en la sociedad en vez de repudio.  No es la mujer la única que tiene el derecho de gozar y explotar libremente su sexualidad.  También el hombre tiene ese mismo derecho, e igualmente debe ser protegido.  Así como no existe derecho alguno para tratar a "la mujer" como objetos sexuales o prostitutas por el hecho de que haya un grupo de mujeres que se traten a sí mismas, o sean tratadas por otros como tales, tampoco existe derecho alguno para que "el hombre" sea tratado como un violador o golpeador, por el hecho de que lamentablemente haya hombres que golpeen o violen.  Se trata de una falacia argumentativa conocida como la "generalización apresurada".


Imagen tomada de la cuenta de Twitter: @LosMaltratados


El "machismo postmoderno" como movimiento filosófico y social, es una necesidad también social para hacer frente a las agresiones verbales, físicas y discursivas que provienen de las defensoras del feminismo opresor: aquel que no busca reivindicar derechos y garantizar respeto sino que se regodea en reforzar una narrativa de la diferencia y del maltrato.  El machismo postmoderno debe hacer frente a esta narrativa que presume la legítima la defensa de la mujer frente al hombre, transformándolo en un agresor por definición, y que merece ser detenido y sancionado.  El machismo postmoderno ha de hacer frente a la ontología de ese feminismo postmoderno según el cual el hombre es un ser humano malo y la mujer es un ser humano bueno, por definición.  Este movimiento debe analizar críticamente las consecuencias de esta nueva ontología, como son por ejemplo la posibilidad de que el hombre -en su relación con una mujer- pueda ser acusado públicamente sin fundamento y que ello esté bien, que se le golpee o insulte sin que siquiera exista agresión previa, que se le prohiba insinuar o manifestar sus gustos y deseos sexuales porque sólo hoy en día la mujer puede hacerlo de manera libre.

En un momento histórico en el que la política, los medios de comunicación y las intituciones cada vez apuntan más a normalizar la narrativa violenta y opresora hacia los varones, debemos revaluar los conceptos de lo moralmente correcto, de lo justo y de lo bueno, y analizar en qué momento el varón, por el simple hecho de existir, se convirtió en un ser que debe ceder en sus derechos y garantías frente a las de una mujer, por el simple hecho de ser mujer.  El machismo postmoderno es el de lucha por el respeto y por la igualidad, lo que el feminismo alguna vez fue y siempre debió haber sido.  El machismo postmoderno es aquel que no parte de la victimización para legitimar una andanada de arbitrariedades hacia la mujer, sino aquel que reconoce en el hombre un par, un igual, un ser con libertades, derechos y deberes, aquel que también merece la felicidad, y no solo merece condenas penales y sociales en su contra, por el hecho de ser y actuar como hombre.
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viernes, 18 de enero de 2019

El monopolio de las armas del Estado

Siempre me han escuchado decir -quienes me conocen en persona- que en Colombia cada vez queremos formar más profesionales, especialistas, magísteres y doctores para que vengan a pontificar en el país con la teoría extranjera que más les parezca.  Se trata de una "academia telescopio", que le gusta investigar hasta la saciedad a autores cuyas obras son conocidas y difundidas, pero que es incapaz de ver por fuera del estrecho campo de acción de los lentes del telescopio.  Esa academia telescopio tiene su hermano gemelo en la "política telescopio" que se dedica a decir que aquí debemos hacer (o no hacer) algo porque en el país favorito del orador, ya lo han hecho (o dejado de hacer) con éxito.   "Es que en X país han implementado ese modelo con éxito", es lo que escucharemos decir constantemente.

Pongo este tema sobre la mesa, porque me sorprende de qué manera, a pesar de que nuestra idiosincrasia nos lleva a ser así, seamos tan raros y contrarios en otras tantas.  Una de ellas es el derecho a portar armas. Vamos a realizar un breve repaso sobre un par de temas conceptuales fundamentales para centrar la discusión:

  • En principio, la teoría contratualista (especialmente la de Hobbes) planteaba que al celebrar el contrato social, las partes renunciaban a su derecho a gobernarse a sí mismos, y por lo tanto cedían un amplio cúmulo de derechos.  Tanto es lo que se cede, que el límite de derechos que permanecen es mínimo (en Locke, no tanto como en Hobbes).  Esto, entonces implica que a partir del momento de la celebración del contrato, surge la voluntad general (término técnico que se encuentra en "El contrato social" de Rousseau) que prevalecerá sobre la voluntad particular.  Una de las características que se genera con la generación de ese Leviatán (Hobbes) es el monopolio de la fuerza.
  • Si le metemos algo de economía a este embrollo resulta que el liberalismo clásico parte del presupuesto de que el Estado no debe entrometerse en las actividades de los asociados (término al que usualmente se hace referencia con el galicisimo laissez faire, laissez passer), razón por la cual el Estado no debe intervenir en la economía.  Del mismo modo, esto tiene repercusiones profundas a otro nivel y por ellos las constituciones que se denominan a sí mismas como liberales vienen estructuradas con un capítulo de derechos bien robusto.  Entre más liberal el Estado, más derechos.
  • Una de las tensiones principales que se presenta en las discusiones sobre la estructura del Estado suele ser la de cómo determinar el nivel de libertad de las personas vs. el nivel de intervención del Estado.  Entre más libertades y más derechos, menos posibilidad de garantizar un orden colectivo y hacer prevalecer la voluntad general.  Por el contrario, entre más intervención del Estado en todos los frentes, menos libertad.

En el tema del control de armas, el referente al que más se suele recurrir (como en todo), es a los Estados Unidos.  Este país cuenta con su Constitución, compuesta del texto original y algunas enmiendas que se han venido introduciendo a lo largo de los años.  Respecto del texto original de 1887, tan solo cuatro años después (en 1991), se proclamó la segunda enmienda a esa Constitución, que garantiza el derecho de las personas de tener y portar armas.


Imagen tomada de https://hemeroteca.vozlibre.com

En Colombia existe la tendencia a pensar que el partido demócrata nortemaericano es el verdadero guardián del liberalismo, mientras que el partido republicano es el más cercano al intervencionismo o autoritarismo estatal.  Eso, es tan cierto como falso.  Si bien los demócratas son muy radicales en cuanto a ciertas libertades individuales, no lo son en cuento a otras.  Por ende, encuentran ustedes temas como que defiendan el aborto, el matrimonio entre homosexuales (ambas libertades) pero que a la vez ataquen otras posturas como la libertad de portar armas o la libertad de empresa (también libertades).  El partido republicano defiende todo lo contrario.

En Colombia, actualmente ha revivido la discusión sobre si las personas deben tener la posibilidad de portar armas, o no.  La discusión, en esencia, se ha centrado en las posibles consecuencias nocivas de que en un país tan violento (a todo nivel) como el nuestro, tengamos derecho todos a tener armas.  Eso suena mal.  Pero también suena mal que cualquier "salvaje" pueda venir a robarme, matarme, violarme sin que yo pueda defenderme, y que dependa de la policía (cuestionada), fiscalía (cuestionada) y jueces (cuestionados). 

Como se observa, la discusión dista de ser una simple batalla entre la derecha y la izquierda.  He demostrado de qué manera el pulso entre autoritarismo y liberalismo es relativo y se funda en temas específicos.  Por tanto, correspondería dar una discusión seria el tema, y evitar las tontadas de siempre como plantear esto en términos de Uribe y Petro.  El tema, hoy, cobra más vigencia que nunca, cuando el fantasma del terrorismo empieza a reaparecer.


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