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sábado, 22 de enero de 2011

Un consejo a seguir antes de su pleito

Preaviso

Rompo en este ingreso con la tradición que usualmente sigo en materia de entradas en el blog, para invitar a que sean los potenciales clientes de abogados los que lean esta nota.  Hago la claridad, puesto que durante cerca de dos años y medio, este espacio ha buscado tocar temas relacionados con justicia y derecho, pero principalmente se ha identificado como destinatarios principales de estos escritos, a abogados ya formados.

En este caso, sin embargo, me gustaría que fuera usted, aquel que usualmente se encuentra en dificultades para solucionar sus problemas jurídicos, el que lea esta nota.  Cuando lo haga, tome lo que a continuación va a leer como si se tratase de una nota en el diario sobre cómo elegir un buen vino, o como si el objetivo fuera cómo optimizar la rentabilidad de sus inversiones.  En otras palabras, no es algo que usted deba seguir al pie de la letra, pero sería bueno que algún día lo intentara para ver qué ocurre.

Por supuesto, estaría encantado que una vez lo haga, comparta conmigo y con los demás lectores su experiencia.  De todas formas, si no quiere hacerlo, no se sienta obligado.


Consejo

Quizás usted haya escuchado en el pasado un viejo chiste de abogados, en el que se le sugiere que antes de elegir a su abogado, realice la prueba del gato.  Básicamente, la prueba del gato consiste en encerrar en una habitación durante 30 segundos a un abogado y a un gato en una habitación.  Transcurrido ese lapso, abra a usted la puerta y sírvase detallar lo que ocurre en la escena.

La interpretación de la prueba es esta:  Si al abrir por segunda vez la prueba el abogado se encuentra persiguiendo al gato, es porque se trata de un verdadero ‘perrazo’.  Si, por el contrario, al abrir la puerta encuentra usted que es el gato el que persigue al abogado, es porque su futuro abogado es una ‘rata’.

Hoy he de sugerirle una prueba igualmente interactiva, pero que no involucra el uso de animales ajenos a la profesión.  Ya tenemos suficientes animales ejerciendo la profesión, y con eso nos ha de bastar por ahora.

El consejo básicamente se trata de lo siguiente:  Invite a su abogado, antes de decidir asignarle un pleito para que sea debatido ante un juez o un árbitro, a que jueguen un partido de ajedrez, uno de damas chinas, y por último, los honorarios de la consulta en un partido 1 a 1 de poker.  Si no cuenta con el tiempo necesario para realizar el triple ejercicio, sugeriría que se concentrara en el reto del ajedrez.


Imagen tomada de:  http://ownchannel.tv 

Como verá a continuación, además de poder disfrutar de un agradable rato en compañía del profesional del derecho, podrá usted descubrir más acerca de él.  Más aún, podrá usted probar gran parte del potencial que pueda él o ella tener, mientras se divierte.


Explicación

Cada uno de estos juegos es capaz de probar un elemento fundamental en el litigio, pero a la vez, los tres ponen a prueba una misma cosa, y es qué tanto sabe de estrategia el abogado.  Soy fiel creyente, a estas alturas que un abogado que no maneje bien al menos 2 de las 3 competencias que se evalúan aquí, cuenta con una alta posibilidad de ser considerado como un mal litigante.

Se preguntará usted:  ¿Bueno, y cuáles son estas supuestas competencias que se evalúan?  Procedo a responder:

Ajedrez:  Lógica jurídica  y estrategia.
Damas chinas:  Argumentación y estrategia.
Poker:  Factor sorpresa y estrategia.

Estoy seguro que más de uno a estas alturas del texto, si ha logrado llegar hasta aquí, se estará riendo, y me considerará aún más demente de lo que ya sabe que soy.  Sin embargo, en aras de satisfacer la curiosidad de aquellos que no ríen y todavía leen, procedo a explicar brevemente el porqué de cada uno de ellos, y qué relación puede esto tener con el derecho.

Ajedrez:

El ajedrez es quizás el juego de mesa más complejo inventado en toda la historia, y esto se debe a la infinidad de combinaciones que se pueden presentar.  A lo largo de la historia, muchos destacados jugadores de ajedrez se han especializado en defensa o en ataque.  Y dentro de este gran género, algunos fueron maestros con alfiles y otros con caballos.  En fin, el ajedrez claramente no es un juego lineal y repetitivo.

Pone a prueba la concentración constantemente, puesto que implica siempre tener presente qué ha hecho una ficha, y qué podría llegar a hacer.  Sin embargo, si se quisiera aprender a jugar este juego de mesa, no se requeriría de mucho tiempo de entrenamiento.  Las reglas de juego son bastante sencillas y gozan de pocas excepciones.

Por ejemplo, un ajedrecista sabe que le resulta imposible realizar un enroque (movimiento especial que implica un intercambio de flanco entre el Rey y la Torre, que puede venir en modalidad larga o corta) si previamente no ha despejado el camino, es decir, si previamente no ha evacuado al alfil y al caballo.  También ese jugador debe conocer que no puede realizar ese movimiento si al ejecutar la maniobra el rey quedara en posición de jaque en algún momento.

En otras palabras, el ajedrez, partiendo de una sencilla clase de reglas de juego, básicamente relacionadas con la forma en que se mueven las fichas, realmente se trata de un juego acerca de lo que se puede hacer y lo que no se puede hacer.  Eso mismo es lo que hace un abogado ante un proceso judicial.  Al demandar o al denunciar, un abogado sabe que realmente está exponiendo una apertura de partida, y que ha de esperar la defensa que plantea su contraparte.  El abogado sabe, como lo sabe el ajedrecista, que no vienen procesos judiciales prefabricados, sino que se van construyendo a medida que se van dando los movimientos propios y los del oponente.  Es así como el ajedrecista desarrolla una lógica que le permite tener claro que no se puede llegar a un jaque mate sin que previamente se haya generado una red de mate que le permite acorralar al oponente.  Del mismo modo, el abogado litigante sabe que para llegar a una sentencia favorable debe construir su teoría del caso de forma tal que al finalizar el recorrido, el juez vea que le asiste la razón, pues las normas invocadas concuerdan con lo que las pruebas demuestran, y estas últimas son concordantes con los hechos que se pretenden demostrar.

Lo que diferencia al maestro del aprendiz es la capacidad de acechar sin ser detectado, o que a pesar de ser detectado, el oponente no cuente con alternativas para contrarrestar su ataque.  Lo mismo ocurre en el litigio.  El buen abogado litigante es capaz de prever lo que su contraparte puede hacer, y pronosticar cuando va a realizar algún movimiento determinado.  Eso implica que le permita estar preparado para contrarrestar y seguir atacando.

Damas Chinas:

Algunos dirán que como esto trata de mover fichas y hacerlas llegar al campo rival, no debería desgastarme en tratarlo de manera separada al ajedrez.  Sin embargo, las damas chinas permiten ilustrar una fortaleza o debilidad que podría tener su futuro abogado.  Ya he mencionado atrás que lo que se trata aquí es de evaluar su capacidad argumentativa así como su capacidad de estrategia.  En efecto, se hace referencia a la capacidad argumentativa, en la medida en que se trata de un ejercicio de colectividad lineal.

Quien juega damas chinas entiende que no se trata de que una sola ficha sea protagonista del juego, que llegue al otro lado del tablero más rápido que las demás, ni tampoco se trata de especular con lo que el contrario podría llegar a ejecutar.  Este juego implica la necesidad de que las fichas del jugador vayan realizado progreso de manera colectiva hacia adelante, de forma tal que se forme una red de fichas que permitan al jugador avanzar mediante saltos soportados por otras fichas que se encuentran previamente posicionadas en el tablero.

La actividad argumentativa no es muy diferente, en la medida en que implica la existencia de premisas que soportan la elaboración de una conclusión.  Esta conclusión no puede llegar si previamente las premisas lógicas no se encuentran debidamente soportadas.  Lo mismo ocurre si yo pretendo afirmar lo siguiente:  “Ya que soy más inteligente que mi padre, la Gaviota geriátrica, se puede concluir que casi todas las gaviotas son más inteligentes que sus padres”.  Para poder afirmar válidamente lo anterior tendría que demostrar que en efecto yo soy más inteligente que mi padre, y demostrar también que ese es un hecho generalizado y no aislado en cuanto a gaviotas se refiere.  De lo contrario, no deja de ser un simple simulacro de argumento.

Como se observa, el concepto de damas chinas también aplica a las redes argumentativas.  El abogado litigante ha de conocer que los casos complejos implican el manejo de varios argumentos simultáneamente que deben concatenarse de forma tal que al intérprete no le quede otra opción que revisar esa ‘formación’ de argumentos que se le presenta.  Sí, convendría que lo asumiera como si se tratara de una formación militar.  La forma en que se despliegan las tropas, o en este caso las fichas, permite determinar la forma en que se atacará y cómo podrá ser atacado.  De esa misma manera, la manera en que el abogado estructura su red argumentativa le permitirá a la contraparte establecer unos cambios a su propia red argumentativa para lograr el objetivo principal, convencer al juez.

Por supuesto, la elección de la ficha y la dirección, al igual que la manera de evitar el aprovechamiento por parte del oponente, le permitirán al jugador salir victorioso.  Eso es lo mismo que ocurre en el litigio, no hay manera de obviar el ataque contrario, tan solo la forma de contrarrestarlo y minimizarlo.

Poker:

El poker cuenta con dos particularidades especiales de los que carecer los dos juegos anteriores.  En este juego, la base del actuar del jugador es precisamente algo que no depende de él.  Las cartas le llegan dadas, y dependiendo del estilo de juego que se esté jugando (Texas, Omaha, Five card-draw u otros) el jugador tiene la posibilidad de cambiar cartas, o no hacerlo.  Independientemente de ello, es claro que el factor suerte es esencial aquí.

Las cartas llegan, no son escogidas, de la misma forma como al abogado le llega un caso con una serie de hechos preexistentes.  La misión en ambos casos es lograr montar el mejor juego (o caso) posible con lo que llega.  Sin embargo, el poker no se juega solo, y por esencia, los jugadores contrarios no tiene conocimiento de las cartas que se poseen hasta el final del partido, cuando ya se ha apostado.

Quizá resulte extraño que se hable de apostar y derecho en un mismo contexto, pero a usted, potencial consumidor de servicios jurídicos, es conveniente explicarle que el concepto de riesgo ha sido seriamente estudiado, y en ese estudio se ha comparado, (entre otras cosas) el riesgo propio del juego con el riesgo que se presenta en casos de seguros, por ejemplo.  Tenga en cuenta que el abogado está asumiendo el manejo de un riesgo, pues al no ser él (o ella) quien toma la determinación final, su ‘caso’ es en sí mismo un riesgo.

De otra parte, el poker contiene un elemento importante y es la cantidad que se apuesta por las cartas que se tiene en la mano.  Quizás es esto lo que distingue al buen jugador del mal jugador.  El buen jugador sabe cuando apostar fuertemente y cuando no hacerlo.  No siempre el apostar fuertemente implica tener un buen juego en las manos.  La idea es lograr hacer creer a los demás que se tiene un buen juego cuando no se tiene, y hacerlos apostar cuando sí se tiene.  Por supuesto, esto implica mucho manejo de táctica y de factor sorpresa.

No le quepa duda, apreciado ciudadano, que un proceso es eso y mucho más.  Saber cuándo hacer determinadas preguntas a los testigos, o cuando no, es algo esencial.  Saber si se debe insistir o desistir determinadas pruebas solicitadas, así como hacer énfasis en ciertos argumentos que puedan ser débiles pero creíbles por otros.  Eso es lo que implica ser gerente de un proceso.

Conclusión:

Recomendaría que se tome el tiempo de socializar con su abogado y se midan en una buena tanda de juegos de mesa.  Si no le apetece, quizá opte por realizar la prueba del gato.  No pierde nada intentándolo.
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viernes, 3 de julio de 2009

Jaque con sacrificio de dama

Nada vale, nada cuenta. Todo está allí. Lo vemos, pero quizás no lo observamos bien. El espacio es reducido, y en él, las reglas son eternas e invariables. En él, la fuerza nada vale. La estrategia es la fuerza misma. Ambas partes lo saben y por ello cada quien se piensa fuerte e invencible. No obstante, trasegar en ese campo de batalla hace que luego de salir de él, nada sea lo mismo. Siempre, no importa cuántas veces se pase por allí, algo habrá de cambiar.

No se puede perder tiempo en el ajedrez. Realmente el tiempo no se pierde, se invierte. Quienes han jugado e intentado desentrañar los más íntimos secretos de este juego, entienden que cuando se adentra en él, la raza, tanto en el juego como en la vida importa poco. La capacidad lo es todo. La capacidad de simular y disimular adquiere un valor insospechado, del que depende la supervivencia misma. Anticipar al oponente, y preparar un ataque mientras se desarrolla juego, es un arte increíblemente bello. Aquí, no siempre ir hacia delante implica ir adelante. Matar no es siempre vencer.

Respecto de esto último, quienes han llegado a dominar el juego con mayor destreza que el promedio, comprenden el valor de la posición en el tablero. Entienden que el dominio de posición es fundamental. El problema no es llegar a ella, es mantenerla. Alfiles que se tocan una o dos veces en el juego pueden ser la clave para un triunfo inesperado. Esa es la estrategia. Esa es la fuerza.

Por posición, las partes se observan en la frialdad de la madera, intentando descifrar las señales neuronales del oponte. Por posición, se puede llegar a dar ventajas, que en realidad no lo son, descubriendo finalmente la sorpresa mortal. Napoleón sabía esto, así como también Bolívar lo entendió. En el ajedrez, se puede permitir sacrificios altos con miras al triunfo. Una de las jugadas más arriesgadas es el sacrificio de la reina, o de la dama. Para ello, se coloca la ficha en posición de ataque (simulado) de forma tal que una ficha de la defensa acabe con la dama, pero al hacerlo, sacrifique posición que posteriormente va a ser atacada. Requiere de una magia especial que no todos poseen.

Sin duda, las fuerzas militares colombianas quisieron evocar todos estos aspectos al momento de poner en ejecución la conocida “Operación Jaque”. Lo hicieron, basados en las labores de inteligencia, seguros de la desfachatez estratégica, y confiados en su gestión diplomática posterior. Con trampa, o sin ella, los riesgos eran calculados. Tanto Estados Unidos como Francia tenían intereses en que la operación fuese exitosa. No alborotarían el avispero después. Efectivamente así fue.

Hace algunos momentos destaqué la pericia que se requiere para sacrificar la dama en procura de la victoria. En el caso de la “Operación Jaque”, la consigna era precisamente la contraria. Impensable sacrificar a la dama. La dama era la llave del triunfo. En efecto, Ingrid Betancourt era un botín más que suficiente para que la operación fuera considerada exitosa, más allá de los demás resultados positivos que se pudieran obtener. Era un ícono en el momento, y un símbolo de paz. La estrategia era la de coronar, es decir, cambiar una ficha de baja jerarquía (peón) por una de mayor jerarquía (dama, en este caso).


Imagen tomada de: http://www.cubaencuentro.com/michel-suarez/blogs/con-lupa

Siendo Ingrid un ícono de paz, su señora madre, doña Yolanda Pulecio, se creyó con derecho de actuar como si padeciera de alguna clase de oligofrenia, que le impidiera discernir lo ficticio de lo real. Atacar la institucionalidad y elogiar la subversión, verdadera causante del secuestro de su hija, son solo algunas muestras de las actitudes ‘extrañas’ de la señora Pulecio. Por cierto, no fue capaz de dar las gracias al Presidente de la República por el rescate, y ni siquiera se retractó de sus agresiones anteriores. La señora Pulecio, al parecer, no juega mucho ajedrez.

Sin embargo, más sorprendente aún es lo que ocurrió con su hija. No solo era ícono de paz y de lucha antisecuestro durante su cautiverio, sino que salió a ser potencial Premio Nobel de Paz. Yo manifesté, en su momento en este ingreso, mi postura sobre esa proposición, que a mi parecer, resultaba absurda. Más allá de mi posición respecto de ese tema, el caso es que nuestra dama, coronada en la ‘Operación Jaque’ había salido triunfante. Era la mujer del momento.

Ha transcurrido un año desde que la señora Betancourt recuperó su libertad. Se han conocido detalles sobre su altivez, que la caracterizó como senadora y candidata presidencial, también en cautiverio. Aparentemente hubo deslices sexuales, agresiones y pataletas habituales, y son pocos los que actualmente la defienden. La pelea con su cónyuge, está al rojo vivo, y cada vez salen más y más libros en los que no se refieren a ella en términos muy amables. Ella, mientras tantos, se fue del país y disfruta de una vida ajena a la población que durante mucho tiempo sufrió, marchó y clamó por ella.

Kasparov, Kramnik, Deeper Blue y el Chessmaster estarían anonadados. No es usual que el jugador corone, y que luego de haber obtenido una dama, la sacrifique sin miras claras de obtener posición. Eso es lo que ha ocurrido con Ingrid. Pasó de heroína a villana. Algunos pensarán que se le juzga injustamente. Otros dirán que se trata de una campaña de desprestigio por la existencia de un complot en su contra. Otros, como yo, diremos que Ingrid nunca fue reina, y que esa era parte de la simulación de la estrategia en este ajedrez del secuestro.

La Operación Jaque pasó, y mientras el gobierno demostró que es todo un ajedrecista, con Ingrid y su señora madre, está claro que ni les creyeron su simulación, ni han logrado disimular. La consecuencia ha sido perder valiosa posición. No hay estrategia, no hay fuerza.

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