martes, 24 de noviembre de 2009

Hobbes Pt. 2 – El Leviatán con complejo de inferioridad

Hace un par de meses repasaba algunos aspectos de la teoría de Thomas Hobbes, según fuera ilustrada por algunos de sus conocedores, y me planteaba la pregunta de qué pensaría el autor si hubiese presenciado la clase de bestialidades que ocurren en este país (por solo mencionar el ejemplo más cercano de los patéticos ejemplos que pueden agruparse alrededor del globo).  Particularmente, en “Hobbes Pt. 1 – El Leviatán esquizofrénico” hubo un enfoque acerca de la posible reconsideración de factores que habría tenido que afrontar Hobbes si hubiese conocido un Estado crónicamente disfuncional, como es éste.  La disfuncionalidad analizada, básicamente hacía referencia a la existencia de una serie de fuerzas de voluntad coexistentes y contradictorias entre sí, como ocurre cuando el poder legislativo y la judicatura no se llevan bien, o cuando el Presidente y un expresidente de la Corte Suprema de Justicia se denuncian recíprocamente.  En general, el breve análisis se enfocó en un cuadro de esquizofrenia estatal.

Un poco más de lectura, y un análisis comparativo de la realidad nacional con las posturas de Hobbes, me ha dejado aún más desalentado.  El día de ayer, en horas de la mañana, se formó tremendo debate por las declaraciones del Presidente de la República, según las cuales Augusto Ibáñez, el ‘Honorable’ Presidente de la Corte Suprema de Justicia le ha mentido al país en las declaraciones que le hubiere dado a Cecilia Orozco, en El Espectador.  Me enteré por la W (coincidencia poco feliz, pues escuchar a María Isabel Rueda y a Felix De Bedout al mismo tiempo era simplemente demasiado para soportar).  Antes de rápidamente cambiar la emisora, logré entrever que el Presidente ha llamado mentirosos a los Magistrados.  Todo esto se suscita dentro del ya conocido escándalo por la elección del Fiscal General de la Nación.

Me encuentro en ese estado de cosas, cuando repaso mis lecturas esporádicas de “El Leviatán”, y me encuentro con el capítulo XXIX de su obra, que hace referencia a las causas que debilitan o llevan a la desintegración de un Estado.  En este capítulo, Hobbes expone cada una de las causas, realizando un ejercicio comparativo con las enfermedades del cuerpo.  Recordemos, como se dijo en la entrada anterior, que Hobbes era una persona con formación propia de las ciencias naturales, y por tanto no sorprende que recurra a la analogía para describir estos males.  Recomiendo la lectura de este capítulo, sobre todo para quienes no pueden o no quieren leer la totalidad de la obra.

De todos los ejemplos que me gustaría abarcar, considero pertinente resaltar dos de ellos, que son tratados de manera consecutiva por el autor, y que citaré, de conformidad con una versión que he encontrado en línea.  He aquí el primero de ellos.  Si bien la traducción no me agrada, sí permite ilustrar la postura de Hobbes respecto de estos dos males.

División del poder soberano. Existe una sexta doctrina directa y llanamente contraria a la esencia de un Estado: según ella el soberano poder puede ser dividido. Ahora bien, dividir el poder de un Estado no es otra cosa que disolverlo, porque los poderes divididos se destruyen mutuamente uno a otro. En virtud de estas doctrinas los hombres sostienen principalmente a algunos que haciendo profesión de las leyes tratan de hacerlas depender de su propia enseñanza, y no del poder legislativo.

Cita tomada del texto disponible en: http://www.uruguaypiensa.org.uy/imgnoticias/749.pdf

Recuerdo mucho las clases que recibiera en materia constitucional, en las que se ponía de presente la diferencia inherente entre acuñar el término ‘poderes públicos’ y ‘ramas del poder público’.  La crítica de Hobbes se absorbía, y permitía entender que el poder que nace del soberano (Nación o pueblo, según la Constitución que miremos) es uno solo.  Cuestión diferente es que la administración del poder se subdivida en ramas para que se pueda garantizar un sistema de pesos y contrapesos (al menor teóricamente).  Como vemos, la diferencia es absolutamente teórica (sé que al escribir esto puedo despertar la ira de los teóricos del derecho constitucional), y en mi defensa, argumento que todo sistema política es inherentemente bueno, pero es a través del estudio de sus aberraciones, donde se puede determinar qué tan bueno o malo es.

Las aberraciones del uso del poder cuando existían ‘los poderes’ son las mismas que  las de ahora, cuando existen ‘las ramas del poder’.  En ese sentido, ayuda mucho la lectura de David Hume en su escrito “Del origen del gobierno”, al que pude tener acceso hace algunos días, a través de este ingreso en la página del blog “Espacio Agón”.  En este escrito, nos dice Hume:

Todos los hombres son sensibles a la necesidad de la justicia para el mantenimiento de la paz y el orden; y todos son sensibles a la necesidad de la paz y el orden para el mantenimiento de la sociedad.  Pero aun siendo una necesidad tan grande y obvia –¡cuán  frágil y perversa es nuestra naturaleza!– resulta imposible mantener a los hombres, fiel e infaliblemente, en la senda de la justicia.  Pueden darse circunstancias extraordinarias en las que un hombre encuentre que los beneficios que obtiene para sí acudiendo al fraude o la rapiña son mayores que el daño que, con su conducta injusta, está profiriendo al conjunto de la sociedad.  Incluso, es más frecuente que ese mismo hombre se vea arrastrado a abandonar sus intereses verdaderos, que son lejanos, a favor de las más atractivas y a menudo frívolas tentaciones del presente.  Ésta es una de las grandes e incurables debilidades de la naturaleza humana.

Cita tomada de la página http://espacioagon.blogspot.com/2009/11/david-hume-del-origen-del-gobierno.html


Sin duda, el episodio de ayer nos permite asegurar que tenemos autoridades mentirosas.  El Presidente miente (cosa que ya ha demostrado suficientemente en el pasado) o la Corte Suprema de Justicia miente (cosa que también han demostrado suficientemente en el pasado).  Sin embargo, no había sido tan evidente la falta a la verdad, como en esta ocasión, donde está en juego el nombramiento de un servidor tan vital en este país, como lo es el Fiscal General de la Nación.

¿Por qué mentir?  Los medios se aventuran a esgrimir razones de índole personal o político que se relacionan con la idoneidad profesional o moral de los candidatos.  He escuchado otra versión –que no me sorprendería para nada que fuera verdad– según la cual el problema es de puestos, y no de ética.  Recordemos que el poder nominador del Fiscal General de la Nación es inmenso.  El poder que en materia de presupuesto tiene el Fiscal General de la Nación, no es comparable con ninguna otra entidad o persona  individualmente considerada (exceptuando, por supuesto al Ministerio de Hacienda y al Presidente de la República).  Es posible que el disgusto por la terna tenga que ver con la falta de garantía de puestos.  Dejo la duda en el aire.  No me consta, pero tampoco me sorprendería.  Lo que sí puedo afirmar es que mi fuente es una persona que sí conoce esos manejos bastante bien.

Pasemos al segundo punto.  Ayer, Julio Sánchez Cristo, director del programa de la W, le reveló a la teleaudiencia que conocía por fuente confiable que la Corte Suprema de Justicia estaría pensando en llevar la elección del Fiscal General de la Nación a instancias internacionales, para que ellas dirimieran el conflicto.  El Presidente calificó la propuesta como un posible golpe de Estado, dado que la Constitución es muy clara en las competencias nominadoras para el cargo, y no se menciona ningún organismo internacional en alguna de esas disposiciones.

Al respecto, nos menciona el gran Hobbes:

Imitación de las naciones vecinas. Tan falsa doctrina, así como el ejemplo de un gobierno diferente en una nación vecina, dispone a los hombres a la alteración de la forma ya establecida. Así, el pueblo de los judíos fue impulsado a repudiar a Dios, reclamando al profeta Samuel un rey semejante al de todas las demás naciones. Así, también, las ciudades menores de Grecia estaban constantemente perturbadas con sediciones de las facciones aristócratas y demócratas; una parte de los Estados deseaba imitar a los lacedemonios; la otra, a los atenienses. Yo no dudo de que muchos hombres han considerado los últimos disturbios en Inglaterra como una imitación de los Países Bajos; suponían que para hacerse rico no tenían que hacer otra cosa sino cambiar, como ellos lo habían hecho, su forma de gobierno. En efecto la constitución de la naturaleza humana propende por sí misma a la novedad. Por tanto, cuando resulta estimulada en el mismo sentido por la vecindad de quienes se han enriquecido por tales medios, es casi imposible no estar de acuerdo con quienes solicitan el cambio, y aman los primeros principios, aunque les desagrade la continuidad del desorden; como quienes habiendo cogido la sarna se rascan con sus propias uñas, hasta que no pueden resistir más.

(Obra ya citada).

Ha caracterizado la presidencia de Augusto Ibáñez en la Corte, lo que algunos podrían llamar una provocatio ad mundum, o la apelación a cualquier instancia mundial que no sea colombiana, para que solucione los problemas jurídicos de Colombia.  La insaciable búsqueda porque la CPI intervenga en el país, porque Estados Unidos interceda ante Uribe, y ahora la búsqueda porque el Fiscal sea el resultado de una gestión internacional y no del cumplimiento de la Constitución, es aterradora.  Es uno de los hijos predilectos del extranjero, al parecer.  Por qué querer llegar a la Corte Suprema de Justicia si se tiene tan poca fe en lo que hay aquí.  Hume y Hobbes estarían de acuerdo en que es una obsesión por el poder.  De acuerdo, es otro obsesionado más.  Lo que no se entiende es su fascinación fetichista por lo internacional.

El sanedrín de 23, sufre de complejo de inferioridad.  No le cree ni a la propia Constitución.  Si no lo dice Baltasar o Don Luis Moreno, probablemente no sirva.  Sería bueno que además de leer tanto convenio y tratado internacional, se aprendieran los artículos 2, 4, 6 y 9 de la Constitución.  Particularmente el artículo 4º de la Constitución, que hace referencia al principio de la supremacía constitucional.  Si no le creen al texto hecho por colombianos, entonces sería bueno que revisaran a Sir Edward Coke, y al Justice Marshall, para que lleguen a la misma conclusión, aunque esta vez acudiendo a la metodología de los que no tienen la entereza para obrar conforme a la dignidad de sus cargos.

Sí, Uribe es un político obsesionado por el poder.  Terco, muy malo en la elección de quienes lo rodean (lo cual denota que no es TAN bueno como dicen).  Pero la Justicia ha dejado de hacer justicia y se ha dedicado a hacer política.  Sin duda, la historia no los tratará bien, al menos entre quienes pensamos en derecho y no en votos y puestos.

Preguntas para el alma de Hobbes:

¿Qué pensar, señor, de un Leviatán en el que dividimos el poder, y quienes lo tienen siempre buscan a un protector superior para legitimar sus acciones?  ¿Qué pensar de un Congreso que hace lo que el Presidente de la República ordena?  ¿Qué pensar de un Presidente que se escuda en los norteamericanos para defender su gestión política?  ¿Qué pensar de una Corte que le gusta más la política que la justicia, y cuya solución es siempre mirar por fuera de las fronteras?

Nota personal:  Este Leviathan cada vez tiene más cara de Looney Tunes que de Leviatán.  No falta mucho para que Groucho Marx sea nuestro filósofo de cabecera.  Eso sí, preferible Groucho que cualquiera de los de aquí, ¿verdad CSJ?