miércoles, 29 de julio de 2026

Consideraciones acerca de una Copa del Mundo vergonzosa

 Hace cuatro años, en 2022, antes de que el mundial de Qatar (no me acostumbro a Catar) iniciara, quería que Messi fuera campeón.  No se trataba de un análisis sesudo de antemano, sino de un deseo profundo que tenía en aquel entonces.  Tampoco se trataba de un culto irracional por la figura de quien en algún momento fue apodado "La Pulga", y hoy no lo bajan de "Su Majestad". Se trataba de un deseo profundo por eliminarle a gran parte de la población la excusa de reconocer que ese era (y es) el mejor jugador de fútbol en la historia del deporte.

Debo aclarar que el mejor de fútbol que yo he visto se llama Ronaldinho, pero no puedo decir que es el mejor de la historia, simplemente por el hecho de que la etapa de brillo absoluto y pleno de Ronaldinho fue mucho menor que la de Messi. Ser el mejor, haciendo la magia que le he podido ver a Messi durante tanto tiempo, por tanto tiempo, no puede desconocerse.  Por eso, deseaba fervorosamente que los que se negaban a reconocer este hecho, no pudiesen tener el argumento de siempre para negarle su lugar en lo más alto del podio.

Argentina ganó en 2022, y no sé si la alegría de ver a Messi alzar la Copa del Mundo podría superar el fastidio que me generó al Dibu Martínez hacer gestos de imbécil con el premio de mejor arquero de ese mismo mundial.  No sé si la alegría de que Messi fuera reconocido como lo que es pudiese compensar la insufrible actitud de los argentinos, siendo argentinos. Cuatro años después, sigo realmente sin saberlo.

Llegaba 2026, y muchos estábamos a la expectativa de qué podría ocurrir en un mundial con tantos equipos, con tanta distancia por recorrer entre las distintas sedes, y especialmente con tanto venerado veterano, incluyendo a Messi.  El morbo previo al mundial era enorme.  Y sin embargo, había algo que parecía seguro desde un inicio: con tanta tecnología, sería increíblemente difícil que las trampas de siempre dieran fruto.  En otras palabras, parecía claro que la tecnología garantizaría justicia -o al menos algo de ella- en el juego. Aparte de hacerle fuerza a Colombia, como obligación moral de alguien que quiere a su país, no estaba particularmente a favor o en contra de alguien en específico.  Quería la justicia nos mostrara quién se merecía esa Copa.

Sin embargo, no fue sino iniciar el torneo para que me percatara con una claridad providencial, qué tanto deseaba que Argentina no ganara.  Entre leer a una cantidad de tuiteros argentinos pretender dar cátedra de fútbol y tratar al resto de la humanidad como idiotas, iletrados y analfabetas, y ver la manera tan grotescamente obvia en que se le estaba ayudando a esa selección de fútbol, logré darme cuenta que nada quería más en este torneo, que algún onceno pudiese sepultar a esa selección, ojalá con el mayor número de goles en contra posible.  En otras palabras, reclamé espritualmente que se repitiera la lección de humildad que Brasil tuvo que soportar en su país ante la implacable Alemania en 2014.  Si ya se había dado, ¿por qué no pedir por una repetición?


Imagen tomada de: https://www.dazn.com

Antes de que la tecnología fuese tan avanzada y tan universal, dependíamos necesariamente de la información de los medios oficiales para enterarnos de cosas, o para emitir ciertos juicios de valor sobre temas polémicos. Sin embargo, la actualidad nos permitió disfrutar de varias cosas en simultáneo: 1) La estupidez de Donald Trump, que nunca deja de sorprendernos; 2) La ambición y corrupción inocultable de Gianni Infantino; y 3) La idea tan clara y tan evidente de lo que ocurre cuando quien debe garantizar igualdad y justicia en un compromiso de fútbol (y esto mismo ocurre con la justicia ordinaria) tiene una intención deliberada de favorecer a alguno de los contendientes.

La suma de todos estos factores nos permitieron ver a Messi jugar 8 partidos, cuando debía mínimo perderse uno y medio de ellos por una merecida expulsión que no le dieron.  Nos permitieron ver de qué manera a pesar de estar prohibido ejercer presión política para incidir en el deporte, esa injerencia está prohibida, dependiendo de quién pida el favor.  Permitieron que el reglamento disciplinario fuese uno para Argentina (y Paraguay) y otro para sus oponentes.  Permitieron que a Egipto y a España les robaran goles legítimos -curiosamente en ambos casos ante Argentina-, y que con Suiza se inaugararan con expulsiones sui generis -curiosamente también contra Argentina-.  Vi que los jugadores pueden realizar pronunciamientos políticos hostiles y provocadores sin que les pase nada.  En fin, vi que el reglamento sigue siendo tan solo un conjunto de excusas y herramientas para quien lo debe hacer cumplir.

Por eso, ver de qué manera España redujo a Argentina a su mínima expresión tanto en lo futbolístico como en lo humano, me produjo verdadero gozo.  En los videojuegos de rol, siempre elijo las opciones que le permiten a mi personaje ser, el bueno, el correcto, al apegado a la moral y a la ley.  Por eso, me genera especial alegría cuando la vida le permite ganar y sobresalir a los que hacen las cosas bien, a los disciplinados, a los respetuosos, a los buenos seres humanos, y castiga a los que no lo son.  Me alegra ver la actitud de pésimos competidores de los jugadores que dan la espalda al campeón cuando han debido ser los primeros en felicitarlos.  Me alegra saber que medio mundo está pendiente de que a Leandro Paredes, a Nahuel Molina y a Roberto Ayala los puedan castigar severamente.  Me alegra saber que a todos esos seguidores que pontificaban sobre fútbol tuviesen que ver a sus jugadores reducidos a la mínima expresión de lo que podría considerarse un ser humano civilizado.

Entre esos momentos de desazón, y aquellos momentos de gozo pleno, no puedo dejar de lado el hecho de que nada de esto habría ocurrido si la FIFA realmente tuviera un interés en cuidar el deporte del fútbol.  No era difícil interpretar la tecnología para bien, ni tampoco era difícil dejar que los deportistas decidiesen los resultados, y no los dirigentes o los árbitros.  No era difícil aplicar el regalmento disciplinario con un mediano criterio de igualdad.

La vida nos muestra qué tan difícil es la justicia en un mundo en el que los únicos que la anhelan son quienes carecen de las ventajas para verdaderamente reclamarla.  La vida nos muestra a través del fútbol, lo que vivimos día a día en nuestra vida cotidiana.

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