No me gusta la democracia, nunca me ha gustado. Según mi mamá, eso es algo que bajo ninguna circunstancia debería revelar, o decir en público, porque habla muy mal de mí y de mi formación. A pesar de ello, sigo creyendo que no debería sentirme avergonzado de pensar que no me gusta la democracia. Y a pesar de las descalificaciones prematuras, creo que tengo muy buenas razones de fondo para que no me guste.
Una de esas razones es la que pienso tratar hoy: ¿Por qué votamos como votamos? Sin embargo, conviene presentar unas advertencias de entrada.
1) Contrario a lo que cree la generalidad de la población, la mayoría de personas que habitan en el país, y votan, no es buena. Es un contrasentido lógico pensar que en un mundo de ruiseñores, colibríes y cachorritos inofensivos tengamos un Código Penal tan extenso como el que tenemos. Esos delitos que están en ese libro no son fruto de un bellísimo experimento mental para idear potenciales conductas indebidas que nadie nunca cometió ni cometerá. No fue una manzana podrida en este jardín del Edén quien hace milenios cometió un delito. Vivimos rodeados del delito a toda hora y en todo lugar. Luego, POR FAVOR, no nos mintamos creyendo que aquí "los buenos somos más".
2) La democracia representativa, como en la que estamos en Colombia, implica que la gente elige a sus representantes. Todas las personas a las que me referí atrás, votan. Algunos incluso hacen que voten por ellos. Los eligen, y con muy buena cantidad de votos. Este ingreso de hoy no está dirigido para ellos, porque la respuesta a la pregunta inicial se puede despachar en una oración: ¿por qué razón vota una mala persona, por otra mala persona? Porque en mayor o menor medida, lo representa y quiere que alguien igual de malo a él o ella, mande.
3) Este escrito, entonces, está dirigido a personas que son cumplidores de la ley y las buenas costumbres: Para ti que no eres capaz de saludar o responder un saludo, este escrito no es para ti. Para ti que crees que el semáforo es para los demás pero no te aplica a ti, esto que escribiré no es para ti. Para ti que le prometes fidelidad de por vida a tu esposo o esposa pero cada dos o tres años renuevas tu amante de turno, este escrito no es para ti. Para ti que nunca te han impuesto un comparendo porque siempre "te colaboras" con el agente de tránsido, este escrito no es para ti.
4) Lo que aquí diré en adelante, apunta a la razón. En consecuencia, no es apto para imbéciles. La manera específica como he empleado el término "imbécil" la he tomado de Santiago Ávila Vila, específicamente de su canal de Instagram "La gestión emocional".
Ahora sí, desarrollo la idea inicial: ¿Por qué votamos por quien votamos?
La gran mayoría de mi vida adulta, he entablado conversaciones políticas de distinta índole con amigos y familiares acerca de por quién vamos a votar en X o Y elecciones. Una respuesta "correcta" desde la utopía de la democracia participativa implicaría lo siguiente: 1) Identificar cuáles son los problemas que tengo y priorizarlos. 2) Ver cual de los candidatos aborda esos problemas 3) Ver cual es el plan de los candidatos que abordan los problemas que me importan, para ver cual de las propuestas me conviene. 4) Ver si lo que dice el candidato es consistente con lo que ha dicho y hecho en el pasado. 5) Verificar que ese candidato es alguien que sea capaz de ejecutar lo que dice que haría.
Lo anterior suena buenísimo, pero simplemente no funciona así. Las personas no votan racionalmente sino pasionalmente. Utilizaré dos ejemplos puntuales para ilustrar mi punto.
Ejemplo 1) Juan Manuel Santos.
En un ingreso titulado "Elecciones presidenciales I - Juan Manuel Santos", de 2010, escribí lo siguiente del entonces candiato presidencial Santos (el subrayado es de esta entrada, y no de aquella):
No ha salido como ganador de los debates, porque no ha logrado transmitir proyectos de gobierno propios. Su desmedida lealtad hacia la figura del Presidente Uribe lo muestra como un continuador del mandatario actual. El problema es que esa misma lealtad fue profesada hacia Pastrana, y otros más. Esa capacidad de cambiar de parecer genera cierto temor hacia lo que ‘realmente’ haría si llegara a la jefatura de Estado. Todavía no se ha aclarado si Santos sí buscó pactos con la guerrilla para derrocar a Samper. Este episodio turbio, genera dudas que no ha logrado despejar Santos en los debates.
En el año 2014, el entonces Presidente Juan Manuel Santos se lanzó nuevamente a la presidencia de la República. Quienes tengan memoria hasta allá, recordarán que para ese entonces ya era claro que no era el continuador de Uribe (a quien se le volteó), y que quería buscar un acuerdo de paz con las FARC, algo que era diametralmente contrario a lo que quería Uribe.
En ambos casos ganó Santos. ¿Y eso cómo es posible si representaba dos cosas diametralmente opuestas? Claramente, la gente no votó por su consistencia ideológica, ni por sus propuestas programáticas. Esa capacidad de ser un camaleón en la política le ha brindado réditos a él, a Roy Barreras, a Francisco Barbosa, por poner solo algunos ejemplos. Santos representa al político que dice lo que sea que tenga que decir para ganar simpatías y votos, y luego perfectamente cambiará de opinión y defenderá esa nueva opinión con feroz vehemencia, como lo hiciera con la primera. Lo mismo será con su tercera, cuarta o quinta opinión. En general, qué dice depende de cual ola es más grande.
Ejemplo 2) Gustavo Petro.
Cualquiera que hubiese hecho siquiera una mínima revisión de cuales eran las características de Gustavo Petro como alcalde de Bogotá, podría tener claro lo siguiente:
- Cambia miembros de su equipo como si fuese cambio de ropa interior. En muchos casos porque los subalternos no se lo soportaban, y en otros casos, porque no se comportaban como los lacayos que él esperaba que fueran.
- Es un megalómano. Una persona que habitualmente se refiere a sí mismo en tercera persona se considera tan legendario que tiene que referirse a sí mismo como a una obra de arte, como el objeto de su devoción.
- Es pésimo ejecutor. No le gusta gobernar, lo que le gusta realmente es hablar, y hablar mucho.
- No es ilustrado, no es inteligente. Pretende serlo, que es distinto. Como gran parte de la población no tiene la información suficiente sobre temas especializados, creen cualquier tontería que salga de su boca.
Hoy, a escasos meses de que termine su mandato, vemos EXACTAMENTE LO MISMO. En otras palabras, estábamos más que preavisados, y aún así la gente votó por una idea vaga, vacía etérea, sin forma, inodora e incolora: "el cambio". "El cambio" es lo que sea que él diga en el momento en que lo diga. Es tan vago, que ni siquiera se tomó el trabajo de puntualizar el concepto clave que lo llevó a la presidencia. Y somos tan poco racionales a la hora de votar, que miles de doctores, magísteres, exministros, y demás, les parece que votar por una palabra que no tiene definición, está muy bien.
La actualidad.
Si uno mira las encuestas de intención presidencial, y tiene en cuenta todo lo que les acabo de señalar, le provoca llorar. Los dos candidatos con mayor intención de voto son Iván Cepeda, y Abelardo De la Espriella.
El primero ha sido abiertamente defensor de los guerrilleros, de Chávez y de Maduro. ¿Cómo es posible que puedan confiar para dirigir un Estado democrático en una persona cuyos aliados más cercanos desprecian la democracia y la legalidad? Me da mucha pena que estén dispuestos a poner 4 años o más a alguien en el poder por el solo mérito de despreciar a Álvaro Uribe Vélez. Eso no es serio. Repito: NO ES SERIO.
El segundo ha sido defensor de jefes paramilitares y tiene el especial talento de haber representado a David Murcia Guzmán, sacarle todo el dinero que pudo, y luego cuando sí tenía que entrar a defenderlo, dejarlo botado. ¿Ese es el perfil de persona a la que le quieren encargar este país que está en crisis? Ser fantoche no suple la absoluta falta de preparación y conocimiento que se requiere siquiera para ser un mandatario mediocre. Cuéntenle las ideas que realmente han salido de su boca durante el tiempo de campaña. La falta de preparación es demasiado evidente.
Todo lo anterior demuestra que la mayoría de personas en este país no se toma en serio la democracia. Si no somos siquiera capaces de buscar argumentos, sopesarlos y dejarnos convencer, sino simplemente pertenecemos a una horda de fanáticos, bien sea de izquierda o de derecha, nos merecemos exactamente lo que nos está pasando, así como en su momento Venezuela se mereció a Chávez, y hoy en día los Estados Unidos se merecen a Trump. Cómo sería de bonito si la mayoría de gente se tomara medianamente en serio su responsabilidad democrática y al menos le metiera 5 pesitos de neuronas a sus decisiones electorales. Por temas como "los pantalones", el tono fuerte y el "no se deja" es que la gente seguía a los reyes hace 5 siglos. Si son tan amantes de la democracia, deberían comportarse como si realmente les importara las razones de su elección, y no comportarse como los siervos de la gleba en el medioevo. Sí, es emocionante, pero no resuelve NUESTROS problemas, que sí requieren gente medianamente competente al frente.




