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sábado, 5 de diciembre de 2020

¿Existe alguna razón para portarse bien?

Cuando inicié en mis estudios de derecho, recuerdo que uno de los primeros textos cuya lectura debíamos abordar era el Libro I de "La República" del filósofo griego Platón. El texto no es sencillo (en general ninguno de los escritos de Platón lo son), pero conviene leerlo y releerlo.  Confieso que desde aquella época, he repasado el escrito cuando menos en otras cuatro oportunidades, haciéndolo quizá uno de los escritos que más veces he tenido que leer.

No pretendo aquí hacer una reseña del mencionado escrito, pero sí quiero retomar uno de los interrogantes que giran en torno de la discusión acerca de la justicia, el hombre justo y el hombre justo, y adaptarlo a mis tiempos: ¿por qué razón debería alguien portarse bien, aquí en Colombia de 2020? Si retomamos parte de la línea argumentativa de Platón, diremos que las artes, profesiones y oficios no son concebidas para hacer bien a quien las hace, sino a los destinatarios o a los beneficiarios de esa profesión o arte.  Bajo ese entendido, si le aplicamos esa lógica a un gobernante, el gobernante justo será aquel que haga aquello que más beneficia a sus súbditos. Para llegar a esta conclusión, Platón ha examinado la postura de aquellos que defienden que lo justo es lo que más le conviene al más fuerte, o que lo justo es dar lo bueno a los buenos y lo malo a los malos.  Tras ese examen, pareciera que se logra demostrar que esa lógica individualista no es propia de personas justas.


Imagen tomada de: www.wikipedia.org 

Aproximadamente veinticinco siglos después de que este texto fue desarrollado por Platón, me encuentro en un país en el que ocurren las siguientes cosas: varios de los funcionarios encargados de liderar la defensa de los derechos de la población colombiana, han llegado seriamente cuestionados a sus cargos, otros tantos se dedican a ayudar a sus amigos y perseguir a sus enemigos, y muchos otros simplemente se dedican a gobernar para los verdaderamente poderosos, es decir, para los ricos.  Veinticinco siglos después de "La República", me encuentro en el país que planteó Trasímaco.  Ya decía él que en cualquier transacción que involucre a un justo a un injusto, iba a ganar siempre el injusto. Aquí se hace lo que le conviene al más fuerte.  La Constitución y las leyes son de aplicación selectiva y residual.  Todos los días matan personas (independientemente de sus opiniones, ideologías, o etnias) sin respuesta.  Todos los días nos peleamos por los caudillos de siempre mientras ellos miran como tener más y más poder.  Todos los días vemos más personas mendigando trabajo, pidiendo dinero prestado para sobrevivir, mientras que los bancos no solo reciben dinero del Estado sino que también deciden elevar el costo de sus transacciones.

Hace tan solo unos días, el Congreso aprobó una reforma electoral que en nada beneficia a los ciudadanos, y que por el contrario está diseñada para favorecer a los políticos de siempre.  Cada cuatro años escuchamos a estos mismos individuos gastar millonadas diciendo que son el cambio de esa forma de hacer política, y que luego muestran que los ciudadanos seguimos siendo simplemente un requisito formal para que ellos lleguen allá, hagan lo que quieran allá, y luego digan que lo hicieron por el bienestar del pueblo colombiano.  Las redes sociales, los medios de comunicación, los bares y los cafés se inundan de ciudadanos quejándose por "los demás" que ponen a los de siempre, y demostrando que su punto de vista era el que debían seguir los demás ignorantes. Sin embargo son estos mismos los que cada cuatro años votan por los mismos bajo el argumento de que "no hay más".

Cuando pienso en esto, me pregunto qué pasaría si algún día me decidiera lanzarme a una candidatura política en el país.  Probablemente nada, porque a los ojos de los demás, soy un Don Nadie, y nadie vota por un Don Nadie.  Ya alguna vez me pasó: en la facultad hace muchos años intenté lanzarme al Consejo Estudiantil.  No prometí cosas incumplibles, ni tampoco ofrecí el cielo y la tierra.  Prometí cosas que pudiera cumplir.  Sin embargo, perdí (quedé segundo).  Perdí contra una idea políticamente más seductora, con mayor marketing político, y que como era de esperarse, no se cumplió. Fue el vertiginoso fin de mi carrera como representante de otros.  No esperaría que una aventura semejante en mi edad adulta y frente a cargos de elección popular terminara con un resultado distinto.  En cierta forma, un importante sector de la ciudadanía vota por las mismas razones, y por las mismas personas, a la espera de que algún día de pronto se equivoquen y su candidato genuinamente se preocupe por gobernar por ellos.  La esperanza es lo último que se pierde, dicen...

¿Por qué Platón nos mintió? ¿Por qué nos vendió un modelo que no funciona?  Parecería que ese griego charlatán debería ser demandado ante la SIC (Superintendencia de Industria y Comercio) por publicidad engañosa.  Creo, sin embargo, que Platón nos debe mirar todos y cada uno de los días de nuestras vidas desde donde sea que él se encuentre, para decirnos "se los dije".  Su modelo no era "el único modelo posible", era "el mejor modelo posible".  No es su culpa, nos diría probablemente el filósofo, que le hayamos hecho caso a Trasímaco y nos hayamos dedicado a vivir nuestras vidas para satisfacer al más fuerte.  Ha sido nuestra elección. Pedir que los demás piensen en lo que más le convenga a la mayoría, mientras que individualmente pensamos en nuestro propio beneficio es algo impracticable.  A su lado (también donde quiera que esté) Kant probablemente asentiría diciendo: "Se los dije. Monté todo un modelo para explicarles por qué no era posible".

La triste verdad es que para responder a la pregunta que da el título a esta entrada, tengo dos opciones: 1) Responderla a partir de la relación sociedad-individuo (en ese orden); o 2) Responderla a partir de la relación individuo-sociedad (en ese orden).  Si espero que la sociedad en la que vivo me dé razones para portarme bien, la respuesta a mi pregunta es que no existe ninguna razón posible para portarse bien en la Colombia de 2020.  Sin embargo, si cambio mi perspectiva y pienso que la sociedad se nutre de individuos, pensaría que portarse bien es el único camino para salir del fango en el que nos encontramos.  No es garantía; es tan solo una esperanza.  Pero como dijimos atrás... la esperanza es lo último que se pierde. 

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jueves, 22 de noviembre de 2018

Por qué me importa tanto el caso de Jorge Enrique Pizano

En el texto de Platón titulado "La República" se presenta un diálogo memorable entre Sócrates y Trasímaco sobre qué es la justicia.  Trasímaco defiende la justicia como el interés del más fuerte, mientras que Sócrates sostiene que el gobernante justo no gobierna para sí, sino para sus gobernados.  Este texto lo han debido leer quienes alguna vez se han querido aproximar al mundo del derecho, y creen en el derecho como una ciencia, y no como una técnica.

Lamentablemente, a pesar de contar con muchos Sócrates de boca para fuera, el mundo del derecho viene precedido por una elevadísima cantidad de Trasímacos que obran a partir de los intereses del más fuerte.  Esta triste lección la tuvo que vivir el señor Jorge Enrique Pizano, antiguo controller del Consorcio Ruta del Sol II.  Lamentablemente también esa misma lección la debí aprender yo, en un contexto muy distinto al que aquí nos ocupa, pero curiosamente, en temas relacionados con la Fiscalía.

Hoy no vengo a hablar de Pizano, porque ya él ha podido hablar claramente sobre su propio caso antes de morir, y las distintas evidencias que conoce la opinión pública, lo reivindican como lo que fue, un hombre correcto y justo.

Hoy vengo a a hablar de mí, y por qué el caso de Pizano me mueve fibras que no solo deberían moverlo a él y a mí, sino también a todos aquellos que de una u otra manera creen en la bondad de cumplir con su deber porque es "lo correcto" y sin mayores o mejores cálculos políticos, profesionales o económicos.

En el año 2011, cuando trabajé en la Fiscalía General de la Nación, me asignaron la tarea de de investigar unos casos de corrupción que para la época eran especialmente relevantes por su potencial alcance.  La primera parte de las investigaciones fueron bien, porque había suficiente apoyo institucional para sacarlas adelante.  En ese momento, yo caía bien.  Sin embargo, con la llegada de Eduardo Montealegre al cargo de Fiscal General de la Nación, todo cambió.  Tanto yo como mis investigaciones nos volvimos indeseables por exactamente las mismas razones por las que anteriormente eramos especialmente relevantes.

A raíz de una serie de decisiones que debía adoptar como Fiscal, pero que por sus potenciales consecuencias podían llegar a ser una "bomba" mediática, consulté las mismas al interior de la entidad, y a partir de allí, además de ser indeseable, me convertí en un riesgo para algunas personas poderosas.  A partir de ese momento, viví parcialmente lo que Jorge Enrique Pizano vivió en su plenitud:  1) Los antiguos jefes, compañeros y aliados se esfumaron.  Tan cierto es lo anterior que supe que en algunos casos se dieron instrucciones de no hablar ni tratar conmigo.  2) La universidad que alguna vez me acogió con brazos abiertos durante cerca de 7 años -la que siempre fue mi universidad- no me brindó ningún apoyo, y por el contrario, me sacó sin que algún funcionario de cualquier nivel me diera siquiera una razón para esa decisión. 3) De boca para afuera, recibí el apoyo "verbal" de los nuevos jefes, mientras que curiosamente empecé a ser objeto de seguimientos y amenazas de manera algo más pública.  Sin embargo, la decisión consultada fue recibida con un "no haga nada frente a ese tema" (¿les suena conocido?).



La lógica de Trasímaco puesta en acción: entre apoyar a un insignificante funcionario de la Fiscalía y proteger los intereses de los más fuertes, la decisión la tuvieron clara todos. Entenderán que hasta ahí, la situación de Pizano y la mía era similar.  La diferencia es que en un momento dado, cuando me di cuenta que me iba a hacer matar mientras que todos los demás ya se habían desmarcado suficientemente de mí, consideré que no valía la pena hacerme matar por estos Trasímacos, y renuncié.  Pizano no.  La peleó hasta el final, hasta su muerte.  Eso lo admiro y admiraré, porque quien tiene la razón no debería callar.  Fue una decisión valiente, y por eso me importa su caso de manera especial.  Lo veo a él y veo a ese Sócrates que leí en la universidad, aquel que entiende que el interés general debe prevalecer sobre el interés del más fuerte.

Al ver lo que ocurre en su caso, el problema de fondo no es el caso Odebrecht.  El problema de fondo es qué hacemos con un funcionario que es capaz de engañar a sus "amigos", mentirle a la opinión pública, y maniobrar para favorecer al más fuerte a pesar de no ser lo correcto.  El problema que tenía Montealegre y que tiene en mayor medida Néstor Humberto Martínez, es que han sido tan conocidos y exitosos en su trayectoria profesional, que han tenido muchos clientes con honorarios multimillonarios pagados.  ¿A quién creen (en serio) que van a querer apoyar en un escenario de "investigar o no investigar"?  Son Trasímacos, y no Sócrates.  Una persona así no debe ser Fiscal General de la Nación en un país serio.  El país debería dejar de intentar buscar el perfil de los "abogados exitosos", no porque no puedan tener las calidades para serlo, sino porque todos traerían el mismo problema de las disyuntivas entre "investigar o no investigar" a amigos o antiguos clientes.  Podría el país buscar personas igualmente preparadas y capaces pero con muchos menos conflictos de interés.

No me sumaré a la ola de los "indignados" por un mes con este caso.  El señor Pizano merece la justicia que su "amigo" le negó y es a esa causa a la que me uno, no a la permanencia o no de un funcionario en un cargo.  Me uno a la causa de la justicia y no a la del juego de poder.  Lamentablemente, les anticipo que Néstor Humberto Martínez no va a salir del cargo, porque a raíz de su exitosa trayectoria profesional, conoce demasiados secretos de demasiadas personas, y a eso se le llama poder.  Los que verdaderamente toman decisiones en este país no se le van a enfrentar, porque en la vida real, a pesar de que tantos hemos alabado a Sócrates y juramos seguir el interés general, tenemos a toda una escuela de Trasímacos en el poder.  La prensa lo sabe pero no lo dice:  Entre los poderosos, "se hacen pasito".
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