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viernes, 22 de noviembre de 2019

¿Y quién escucha al que no marchó?

La primera vez que escribí en este blog, curiosamente fue después de la última vez que participé en una marcha.  Fue el 20 de julio de 2008, y se trató de una marcha en contra de la guerrilla de las FARC.  Recuerdo que en esa ocasión sentí que había asistido a una especie de fashion show o marcha ecoturística.  Nunca más volví a marchar, porque me pareció que eso era una falta de respeto contra el derecho a la protesta.  Esa marcha, su origen, su desarrollo y su contexto, dio origen a este blog.

Ayer, en cambio, no marché.

No marché porque no comulgo con una marcha montada a partir de mentiras (no en todo, pero sí en mucho).  No marché porque nunca me ha parecido serio que en este país polarizado, todo lo que comulgue con "mi" (entiéndase cualquier pesona que lea esto) punto de vista es lo correcto, lo normal y lo bueno, mientras que todo lo que no comulgue con mi punto de vista es propio de un delincuente, imbécil y antisocial.

Recuerdo que en la época del colegio, siempre me pregunté por qué razón eran los muchachos (sí, era un colegio solo de niños) que eran bulliciosos, extrovertidos, gritones, y/o contestones los que izaban bandera, los que eran protagonistas del día a día del curso, de las izadas de bandera, de las obras de teatro, y de las fiestas.  Seguir las reglas sin hacer mayor ruido era lo esperado, y al parecer a nadie nunca lde ha gustado mucho dar notoriedad a "lo esperado".



Imagen tomada de: www.bogota.gov.co


Algo no muy distinto pasaba en la universidad, en donde los estudiantes que se hacían notar eran esos que discutían con los profesores dentro o fuera de clase, aquellos que pedían cita con el decano, el rector o el secretario académico, el que publicaba en el periódico o pasquín de turno.  Eran ellos los que tenían voz.

"Ayer Colombia se pronunció", titularon la mayoría de medios tradicionales.  El Gobierno debe escuchar.  Otra vez me sentí como en el colegio.  Nadie le pregunta al que no grita.  Nadie quiere hablar con el que no cuestiona.  "El que no llora no mama".   Se debe convocar hoy, dicen los analistas, a que se constituya una mesa de concertación, una mesa de diálogo nacional.  Sin embargo, nadie me invita, nadie me pregunta. Nuevamente es el gritón el que iza bandera.  Curiosamente, siento que la Constitución, la sociedad y la ley premia a aquellos que necesariamente quieren protestar.  

El verdadero ciudadano es el que protesta. El buen ciudadano, pienso ahora, es aquel que no quiere cumplir con las normas actuales, o que no quiere cumplir con los proyectos de futuras normas.  Como dirían en otros ámbitos: "Es que mi plata no vale".

Lo siento.  Aunque pareciera que con las anteriores reflexiones estuviera anunciando mi conversión al activismo contestatario, no se trata de eso.  Se trata de poner en situación a tantos como yo que creemos que la sociedad puede y debe ser regulada institucionalmente, que las normas jurídicas no son de optativo cumplimiento, o que consideran que mi verdad es "la" verdad.  Soy de aquellos que les encantaría que un buen día lo llamen de la mesa de trabajo de algún programa de radio, para que hagan la pregunta que nunca a nadie le han hecho desde ayer hasta hoy: ¿Y por qué no marchó?  No, eso no es algo noticioso o digno de preguntar.  No es un hecho histórico que yo no quiera marchar, no es un hecho histórico que no quiera echarle la culpa de todos los males de esta sociedad al Presidente.  No es mordaz ni ingenioso que no le ponga sobrenombres peyorativos al Presidente, o que trate de manera patronal a las autoridades.  

¿Y quién escucha al que no marchó?  Nadie.  No somos parte de esa Colombia que se pronunció. Igual que el estudiante universitario que nunca le pidió cita al decano para quejarse por algo.  Igual que ese estudiante de primaria que escuchaba la clase y no se ponía a buscar hacerle bromas a sus compañeros, o llevarle la manzana a la profesora. 

¡Que vaina! Tampoco esta vez izaré bandera...
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jueves, 22 de diciembre de 2011

Reapertura del blog

Cuando por primera vez abrí el blog, inicialmente quise canalizar las ganas locas que tenía de materializar un ejercicio expresivo de opinión de manera aparentemente coherente.  En otras palabras, lo primero que quería era poder plasmar por escrito algunas ideas locas y otras no tan locas que guardaran relación con los ejes temáticos que más he tenido la oportunidad de estudiar y discutir: el derecho y la política.

El detonante fue una marcha de protesta que se dio a nivel nacional y que guarda estrecha relación con hechos ocurridos esta semana, específicamente el 6 de Diciembre.  Ambas marchas versaban básicamente sobre los mismos puntos, y en ambos casos se estaban realizando convocatorias por todos los medios para que el país unido le enviara un mensaje contundente a las FARC.

Personalmente, nunca he creído que las marchas sirvan para algo.  Las primeras marchas estudiantiles que se dieron hace algunas semanas demostraron que sí pueden servir para algo.  Creo que debo replantear entonces mi idea inicial.  Por regla general, las marchas no sirven para nada, aunque hay excepciones.  Sin embargo, creo que “enviarle mensajes” a personas que se dedican a la explotación económica de la guerra en todas sus facetas, es tan útil como echarle arena al mar.

Dirán muchos que la última idea resulta ridícula, y quizás lo es, pero en sus conversaciones retrospectivas, mi alter ego ha confesado que para él, esa fue una preocupación capital en su temprana niñez.  Podía durar horas en una incansable tarea por reabastecer al mar de tan preciado material como es la arena.  Por supuesto, cada vez que las olas azotaban de nuevo la costa con su característica imponencia, la sensación del jovenzuelo era que el mar volvía a vaciar la arena (y un poco más) en la costa.  Sin embargo, siempre sintió que su trabajo valía la pena, y durante mucho tiempo continuó con tan invaluable ejercicio.

Sí.  Considero que marchar contra los violentos para que oigan nuestros mensajes de rechazo, es tan útil como lanzar arena al mar.  Y que conste que alguien muy cercano a mí era de los que hacía esta clase de ejercicios.  De hecho, esta Gaviota nació, como ya he dicho, justo después de una marcha similar, marcha a la que sí asistí.  Es posible que además de haber asistido a esa marcha, haya aparecido también en las páginas sociales de algún diario nacional.

Desde que se dieron las marchas, que por supuesto no sirvieron para nada, se han venido presentando fenómenos raros en la política nacional.  Mejor dicho, en la política jurídica nacional.  El excomisionado de paz, quien antes tenía imagen de un anciano desquiciado, ha empezado a obrar en concordancia con su imagen.  La Fiscal General de la Nación, parece que quiere seguir el ejemplo de la Contralora General de la República, y disputar el premio al más demente del año.  Se creía que la Contralora tenía el galardón en el bolsillo, pero al parecer Restrepo y Morales no están tan convencidos de que deba permanecer allí.

Bajo ese entendido, están empezando a ocurrir cosas que me generan inmensa depresión, al no poder realizar mis habituales escritos de crítica y opinión.  Era una terapia genial que me generaba una satisfacción interna de poder expresarme como a bien tuviera.  Hoy en día mi alter ego, que ya no lanza arena al mar sino miradas inquisidoras por doquier, tiene a prohibir esta clase de exhibiciones inmorales e inconvenientes, porque no está bien visto que una gaviota de nido más o menos acomodado, tienda a expresar tantas bobadas juntas.

Prefiero la terapia interna.  El año ha pasado y situaciones igualmente peculiares se han venido presentando con personas allegadas que tuve la oportunidad de conocer a raíz del blog.  Continúo viéndome con Gonzalo Ramírez y Mariana Jaramillo, quienes además de un fino sentido de la justicia y del bien, poseen un paladar envidiable.  De eso también hay que aprender.  Con los demás, poco o nada de contacto.

Luego de un inmerecido descanso, el blog reanuda su marcha.  Probablemente será aún más trivial de lo que ya era.  Probablemente encuentre el lector incauto valoraciones jurídicas que riñen con lo trivial y superfluo.  No creo que sea algo tan trivial como marchar contra grupos armados a los que les importa un pito, a un año de que llegue el fin del mundo anunciado por los Mayas.
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viernes, 19 de febrero de 2010

Reflexiones acerca del cariño a ‘algo’ más grande

Es curioso ver de qué manera la vida nos brinda lecciones que de otra manera serían difíciles de aprender.  Ayer me vi envuelto por una marcha –de las más grandes que he visto en los últimos tiempos– en contra del gobierno, principalmente por aquello de la reforma a la salud, que ha sido considerada por muchos como una verdadera patraña puesta en marcha por el gobierno.

Ver a esas personas enardecidas contra el gobierno me llevaron a pensar mucho acerca de varios aspectos.  En primer lugar, sigo creyendo que las marchas no sirven para nada.  Es verdad que esta vez la marcha sí era una marcha de protesta y no un fashion show, pero realmente puede uno apreciar que en el país tenemos ‘marchadores’ profesionales.  Estos ‘marchadores’ son los que salen cada semana, por el motivo que sea, a protestar contra el gobierno.  Uno los puede identificar con facilidad porque semana tras semana usan exactamente las mismas arengas para marchar.  Utilizando el término acuñado desde que escribí “Reflexiones sobre de las estrellas”, podríamos afirmar que estos señores no son marchantes sino “‘marchadores’ estrella”.

En efecto, los estudiantes ‘marchadores’ estaban allí como siempre:

“¿Quiénes somos?:  Estudiantes.”
“¿Qué queremos?:  Soluciones”
“¿Qué nos dan?:  Represión, represión y bolillo por montón”

Convenía con un amigo que se vio afectado por la parálisis del tráfico generado por la marcha, que probablemente un 80% de los ‘marchadores’ realmente no tenían la menor idea de por qué estaban marchando.  Ese grupito de estudiantes, así como muchas de las grandes centrales obreras (sindicatos) siempre están en todas las marchas, cantando las mismas cancioncitas.  El otro 20%, al parecer sí sabía qué era lo que estaba haciendo y realmente estaban ejerciendo su derecho a protestar de manera seria y pacífica.  Eso, aunque no me guste, tengo que respetarlo.

Pasemos ahora, de aquel grupo de personas que no sabían realmente qué estaban haciendo allí, a la contraparte, el Gobierno.  El Presidente y sus Ministros sí saben lo que están haciendo allí.  La pregunta es:  ¿hacen lo que realmente dicen que hacen?  O mejor aún: ¿sabemos nosotros qué es lo que realmente hacen?  Los escándalos de las últimas semanas en materia de salud, transporte y hacienda, parecería indicar que no.  Eso sí, confieso haber visto al Presidente Uribe dar más y más explicaciones sobre diferentes temas.  Diría él que con una “total apertura hacia la crítica”, pero con un “gran amor por esta patria”, hace A, B y C.

Llevo casi ocho años escuchando del Presidente que todo lo que hace lo hace con un “gran amor por esta patria”.  Confieso que las primeras veces que escuchaba eso me gustaba saber que mi Presidente era un verdadero patriota.  Hiciera las cosas bien, o hiciera las cosas mal, veía yo que el gobierno era bien intencionado.  Ahora, ya mucho tiempo después, observo que la frase de cajón acuñada por nuestro ‘Mandatario’, es como la manifestación de amor de aquellos dementes que dicen amar a sus parejas o a sus hijos, y que se los demuestran propinándoles sendas golpizas.

El amor, o el cariño no se prueba hablando mucho de qué tanto se siente, o de cómo las acciones de uno están guiadas por ese sano sentimiento.  El amor, el cariño, se demuestra día a día.  No requiere el reconocimiento de los demás, y no requiere publicidad en ningún otro lado.  Requiere actuar por el bien del otro, y no decir que se actúa por el bien del otro.  Eso es algo que considero yo fundamental en cualquier relación en la que medie el amor o el cariño.  Si esos sentimientos son recíprocos, necesariamente la situación ha de mejorar, porque existe sintonía de esfuerzos, sincronización de actos, y homogeneidad de causa.

Este punto, sin embargo, cobra más relevancia cuando se trata de un amor o cariño a algo más grande, como un grupo de personas, una institución, o un país.  Ayer mismo, tuve la oportunidad de ver claros ejemplos de ello.  Vi a hinchas de Independiente Santa Fe, un equipo de fútbol bogotano, en su ejemplar comportamiento el miércoles en Bogotá.  Ellos, que antes del partido manifestaban un amor inigualable por el club, ser hinchas fieles y abnegados de su equipo, eran los mismos que minutos después se deshacían en insultos y vejámenes al técnico del equipo.  La razón:  no ganar.  Ese es el concepto de amor por la camiseta que tienen estos pésimos hinchas.  “Te amo Santafecito”, dicen ellos.  “Te amaré Santafecito, si me haces feliz primero”, realmente piensan.  Dejo expresa constancia aquí, sin embargo, que no soy hincha de ‘Santafecito’, utilizo el ejemplo, porque era el caso palpable del día de ayer en materia de fútbol.

Tuve la oportunidad de ver, antes de conocer las imágenes del caso ‘Santafecito del alma’, al Ministro de Protección Social, habitual invitado a este espacio, mostrando todo lo que hace por el pueblo.  Perdón, todo lo que dice hacer por el pueblo.  Lo que no suele decir, es lo que hace por sí mismo con antelación a obrar para el pueblo…  En algunos libros de asesoría en materia de amor se dice lo siguiente (más o menos):  “Nunca digas ‘te amo porque te necesito’.  Di mejor: ‘Me amo, luego puedo amarte’”.  El Ministro es de los que dice amar a su pueblo, pero su frase ha variado un poco:  “Me amo, luego digo que te amo”.  Me gustaría saber cuántos colombianos se sienten realmente amados por el Ministro.  Me gustaría entrevistar a ‘la patria’ para saber si siente que su Presidente la ama tanto como dice hacerlo, incluso a costa de despedazar su Constitución.

Cuestión diferente es la que he visto recientemente en Blawggers Internacionales.  Este grupo de bloggers jurídicos, creado hace algún tiempo con los esfuerzos aunados de algunos colegas, ha pasado por muchas fases.  Todos decimos que pertenecemos al grupo, y probablemente encontrarán en muchos blogs un logo rojo que nos identifica como miembros del grupo.  Sin embargo, he sido abierto crítico aquí, en nuestras reuniones de Skype y en otros escenarios, acerca de ese ‘amor’ por el grupo que profesan algunos.  A todos nos gusta pertenecer al grupo.  A todos nos gusta aparecer en el blog colectivo y en el catálogo del blog.  ¿Sin embargo, nos gusta a todos trabajar por el grupo?

Esa reflexión la he planteado a varios amigos blawgers, y no siempre gusta.  También me la he planteado a mí mismo, y con ello procuro no convertirme en una simple Gaviota parlanchina, sino también ser un miembro útil al grupo.  No siempre lo soy, y no siempre me motiva serlo, por la evidente falta de compromiso de muchos.

Conozco, sin embargo, a alguien que a pesar de la falta de esfuerzos colectivos, a pesar de no contar con ayuda, y a pesar de tener que dedicar mucho de su tiempo de descanso al grupo, no protesta.   No exige.  Simplemente da, y da mucho.  Se trata del gran amigo Carlos Javier Delgado, nuestro bumangués en tierra de la plata, administrador del blog Responsabilidad y Derecho.  El promotor de la ética hacker en materia de derecho y blogs, no enseña predicando.   Enseña haciendo y también predicando.



A Carlos Javier Delgado le debemos el cambio de diseño en la plantilla del blog de Blawggers Internacionales.  Nos pidió consejos, probó, ensayó, discutió, y finalmente lanzó el producto terminado.  No me cansaré de agradecerle sus esfuerzos y su amabilidad.  A él también le debemos el diseño del blog del 1er Encuentro de Blawggers, la creación y manejo del ‘Taller’.  Esto último es un espacio en el blog colectivo, donde Carlos Javier atiene las dudas de los demás miembros en cuanto al diseño y utilización de herramientas en el blog.  Es un espacio de tutoriales acerca de cuestiones técnicas que ha sido de gran utilidad para muchos.

Nuestro amigo fue de los que acudió a la convocatoria del encuentro celebrado en agosto en Bogotá, en compañía de su Jime, participó en todas las actividades, y como ya lo mencioné, se lució ante toda la comunidad.  Fue de los que asistió a casi todos los encuentros virtuales realizados vía Skype, y aportó ideas en todos ellos.  Ha sido el motor y alma del concurso Premios B.I. 2008 y 2009.

Me gustaría que revisen cuantas veces ha pedido él que le den algo a cambio, o que le reconozcan algo.  Me gustaría que revisen cuantas veces a dicho él que todo lo hace por el inmenso amor o inmenso cariño que le tiene al grupo…

Como lo mencioné al principio, la vida tiene formas muy curiosas de brindarnos lecciones.  Esperemos que no se traten de lecciones que simplemente vemos y no seguimos.  Ojalá sea de esas lecciones que interioricemos y podamos aplicar en nuestras vidas.

‘Pico’ a Carlos Javier Delgado.  ¡¡Gracias por todo, y muchas bendiciones para ti y para tus seres queridos!!
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domingo, 20 de julio de 2008

Abriendo las alas

Ha sido una serie de bonitas coincidencias lo que ha llevado a que este espacio de libre expresión se haya creado el mismo día en el que 198 años antes se optó por revalidar en este país el concepto de “libertad”. Si bien es cierto que no se celebró el día de la libertad, sino el día de la independencia, no es viable concebir este último concepto sin aquél. He tenido la oportunidad de abrir las alas y permitir que este espacio pueda volar sin necesidad de ataduras o formalismos tontos que coarten su contenido.

Retomando el tema de la libertad, al cual se hará inevitable referencia de aquí en adelante, es importante tener en cuenta lo ocurrido el día de ayer, no solo en el país, sino en el mundo. Parece claro que finalmente el pueblo colombiano vive una especie de catarsis que resultaba imperiosa desde hace tanto tiempo. Los medios lo aplauden hoy, la aceptación a gran escala de una convocatoria prevista para enviar un mensaje. No estoy seguro si el mensaje habría de ser “simplemente claro” o “claramente simple”. Lo importante, era su contenido. Libertad para todos los secuestrados. Algunos otros de quienes acudieron a la convocatoria, tendrían sus motivaciones internas que constituían un elemento más de esa catarsis grupal que se quería vivir.

No obstante, no puedo compartir aquí las consideraciones, ni los alcances que los medios le quieren dar a este evento. En primer lugar, quisiera dedicarle unos momentos a intentar descifrar si realmente estuvimos ante una marcha, o en su defecto, saber qué fue lo que ocurrió ayer en Bogotá. En primer lugar, hablo de Bogotá, pues fue allí donde tuve la oportunidad de analizar el evento, cuyas impresiones comparto aquí.

Una característica esencial de una marcha, en términos generales, es que el ruido –llámese pitos, silbatos, silbidos, gritos– es ingrediente esencial. Al menos, el desorden ordenado por un trayecto común, es casi indispensable. Ayer no ocurrió esto. De hecho, la jornada parecía más una caminata ecológica, o un paseo cultural, que una marcha. Tuve la oportunidad de acudir en compañía de un amigo, su novia y una amiga de ella, que por cierto, es extranjera. A medida que caminábamos por las calles de la ciudad, tuvimos la oportunidad de departir sobre diversos temas, tales como, la eventual posibilidad de diseñar una camiseta para la próxima marcha que vaya a convocarse, la goleada de Santa Fe a Nacional, y sobre los cambios climáticos mundiales –este último acompañados de una fría cerveza que podía conseguirse en cada esquina– de forma tal que no resultaba extraño que el evento fuera la oportunidad también para un fashion show canino.

La caminata o marcha, como quieran llamarla, fue entretenida, y quienes participamos sentimos que contribuíamos en cierta forma a enviar un mensaje. No obstante, insisto en la idea, como lo compartí ayer con mi gran amigo, que este evento nos permitió conocer una fotografía clara del bogotano promedio, especie que cada vez me resulta más molesta. Veamos: Las banderas, las gorras, las pancartas y los silbatos, constituyeron un accesorio a la vestimenta habitual. Era necesario observar si la bandera iba amarrada al cuello, como un cinturón moldeando las caderas de alguna mujer, o si se amarraba al bolso recién comprado en un centro comercial. También era imperioso revisar si mi vecino tenía mejores gafas oscuras que las mías –aunque por cierto alguno de esos vecinos debía estar utilizando las que me robaron hace unos meses– o si el premio mayor se lo llevaba el combo gorra y gafas Oakley, o si tal vez lo mejor era diversificar el riesgo con una gorra Nike, gafas Police, Jeans Diesel y chaqueta Yves Saint Laurent. Francamente, de moda no sé mucho, pero tengo claro que mi indumentaria no merecía siquiera una medalla de bronce.

En segundo lugar, la “fantochería” de mis conciudadanos y vecinos, reafirmada cada vez que volaba a nuestro alrededor algún helicóptero con cámara, momento en el cual el patriotismo nuevamente afloraba y las banderas y pancartas y silbatos recobraban su función primigenia, me obligaba a interrumpir la conversación propia de jurados de reinado de belleza que sostenía con mi amigo, acerca de cuál de las manifestantes debía alzarse con la corona. Debo confesar que eran los únicos momentos que me resultaba imposible mantener una conversación por falta de audio. Una vez se iba el helicóptero, las banderas, silbatos, pancartas volvían nuevamente a ser el accesorio de vestuario, y nuevamente podíamos conversar acerca de la paternidad del “Bolillo” sobre su hermano “Barrabás”.

En tercer lugar, no debo dejar de destacar la importancia que tenía la convocatoria a esta clase de eventos, para efectos de tomar las correspondientes fotos que ya deben haber sido subidas al perfil de Facebook, Hi5, MySpaces, o cualquiera de los portales sociales al que pertenezcamos. Respecto de este punto, vuelvo a mi concepción que parece un paseo urbano o caminata ecológica, mas no una marcha. Retomo aquí unas palabras que han mencionado grandes psicólogos, psicoanalistas o simplemente personas que conocen el comportamiento humano. Entre los primeros, Freud lo dijo, y entre los últimos, el señor Dale Carnegie, gran “radiólogo” del comportamiento humano también lo dijo: Una de las causas principales, si no la principal, por los que una persona decide hacer algo, es por satisfacer su propio deseo de importancia. Me pregunto constantemente, si ese deseo de importancia de cada uno de nosotros es el que nos hace chiflar solo cuando pasa el helicóptero, solo gritar arengas cuando tomamos la foto para Facebook, o si son simples coincidencias malinterpretadas. Será que todos marchamos por nuestros compatriotas secuestrados, o si

Mientras escribo estos breves comentarios, y recuerdo el himno nacional cantado por nuestra insigne compatriota miamense del río de la plata, quien tal vez, al igual que muchos de nuestros bogotanos, quiso reivindicarse por dejar pasar el concierto de la frontera sin justificación alguna, retumba en mi cabeza la incesante inquietud que nos manifestara nuestra compañera mexicana, acerca de la metodología de esta marcha. “Es la primera vez que marcho” –decía ella. Mi amigo me contaba anécdotas sobre celebraciones en Europa, y venían a mi cabeza las marchas contra Chávez en Venezuela, o las manifestaciones en Argentina, o incluso las mismas marchas mexicanas, todas cundidas de gritos, pasión, brincos, sudor, lágrimas.

De otra parte, sin embargo, recordé también cómo contra la guerra de Vietnam se presentó una inmensa manifestación llena de drogas, sexo y rock, como ocurrió en Woodstock, y también cómo Gaitán lideró la marcha silenciosa hace más de medio siglo en este misma ciudad. En esos casos, el propósito claro era ese. Hoy en día me parece curioso que la prensa mencione cómo se unieron en una sola voz la de todos los colombianos para gritar por la liberación de los colombianos. Comparto lo primero, parece que hubiera sido una sola voz, y no la de todos los colombianos que asistimos a las manifestaciones, al menos en lo que respecta a Bogotá.

Pensaba, también, como serían las manifestaciones en el resto del país. Me imaginaba la costa atlántica colombiana llena de descamisados con acordeones y tamboras gritando y cantando por la libertad de los secuestrados, con arengas como “Cano: libéralos ya, noo jodaaa”, o cómo en Medellín y Cali podían estar nuestros connacionales gritando, sin temor, sin pudor, y sin “culillo” alguna arenga específica inventada por ellos, haciéndose sentir como individuos libres y no como masa inerte.

Pensaba en todo ello mientras degustaba el último sorbo de cerveza que me quedaba, y la única respuesta que pude emitir, sin encontrar mayor contradicción fue “sin duda, esto es una marcha a la bogotana”.
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