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sábado, 12 de septiembre de 2026

11 de septiembre de 2001 - Ingreso MUY crítico

Este no es un ingreso sobre lo que viví ese día.  Este no es un ingreso sobre lo que sentí ese día.  Este no es un ingreso sobre la experiencia de ver el terrorismo en vivo y en directo. Este es un ingreso sobre por qué siento que la especie humana es absolutamente incapaz de aprender de su propia historia.

El 11 de septiembre de 2001, la humanidad NO cambió para siempre.  El 11 de septiembre de 2001 simplemente se dio algo que no se había producido hasta el momento: todo lo que alguna vez creyó la gente que era cierto y seguro en el mundo, entró en crisis en un mismo momento: la certeza de que Estados Unidos no podría ser víctima del terrorismo a gran escala, la certeza de que volar es la forma más segura de viajar, la certeza de que el bien siempre triunfa sobre el mal, el convencimiento de que el mal es algo lejano, difuso, distante.

Ayer se conmemoraron 25 años de ese ataque. Cuando ocurrió, tenía 21 años y aún hoy recuerdo vividamente ese momento. Y sin embargo, ayer, viendo las distintas noticias, crónicas podcasts y demás sobre esa fecha, siento lo mismo que sentí después de la pandemia de COVID-19: que somos absolutamente incapaces de aprender algo significativo de las lecciones del pasado.  Veamos:

Como consecuencia de los atentados yihadistas, Estados Unidos libró dos guerras, una contra Afganistán y otra contra Irak.  En ambos casos las perdió exactamente por la misma razón que Rusia y Estados van perder hoy sus guerras contra Ucrania e Irán.  La sensación de que tener una robusta máquina militar es suficiente para ganar ese tipo de guerras.  Esa lección no se aprendió.

Si se revisa con cuidado la narrativa de los yihadistas islámicos, ayer y hoy, el discurso es el mismo: su actuar es una respuesta a las estrategias de opresion, manipulación y agresión por parte de occidente, y específicamente por parte de los Estados Unidos. 25 años después, vemos al díscolo presidente de ese país iniciando guerras económicas, malgastando el presupuesto de su país para enriquecerse personalmente, y jugando a anexar Canadá, Groenlandia, por ejemplo. Esa lección no se aprendió.

Después de tal sensación de dolor, terror y estupefacción que dominó al mundo durante años, uno pensaría que la idea de intentar vivir en paz, en concordia, de aceptar que en momentos como esos no importa la raza, el género, el gusto político, prevalecería.  Hoy, sin embargo, tenemos un mundo fragmentado, reviviendo los mismos discursos nacionalistas que impulsaron todo la escenografía geopolítica que rodeó a la segunda guerra mundial. Ahí no va una, sino dos lecciones no aprendidas.

Desde 2001, los gobernantes del mundo tomaron una decisión inconsulta: la seguridad legitima todo.  Se legitimó la tortura, la hipervigilancia, la intromisión en la vida e intimidad de cualquier ser humano en el mundo, quiéralo o no, y la necesidad de querer controlarlo todo. Si le preguntan a un palestino, su mundo no es más seguro.  Si le preguntan a un venezolano, su mundo no es más seguro.  Si le preguntan a un ucraniano, la respuesta es la misma.  Podría seguir, pero el tiempo no alcanza.  Ejemplos hay demasiados. Un cuarto de siglo nos permite mostrar que cuando decían seguridad, en realidad lo que se quería era control, que no es lo mismo. Otra lección no aprendida.

Curiosamente, la última lección que nos está dejando la historia, y que ha sido muy recientemente documentada, deriva de la mentira más grande que dejó el 11 de septiembre de 2001, la creencia de que la especie humana valora y privilegia la vida por encima de todo.  Lo dicen todas las constituciones del mundo, y sin embargo avanzamos a pasos acelerados a desarrollar una tecnología que nos puede y debe erradicar.  No existe una sola razón lógica por la cual no debería hacerlo.  Realmente, somos inútiles para cualquier propósito que no sea meramente egoísta.  Y somos demasiados.


Imagen tomada de: https://omniversal-battlefield.fandom.com/wiki/Death_(Fables_%26_Folklore)

Frente a ese mismo punto, en X he tenido la oportunidad de intentar leer (no lo he logado al 100%) un artículo escrito hace mucho sobre el "hombre que cae" o The Falling Man.  Para los que lo han recomendado, no tengo ni idea que puede estar pasando por su cabeza.  Pareciera, si seguimos la lógica de ese artículo, que es una reinterpretación artística de una decisión desesperada, y de la resignación que conllevaba conocer una muerte segura.  Su bella prosa, el uso de adjetivos grandilocuentes pareciera que nos permiten caer con él...  Absolutamente despreciable.  Detesto a los amarillistas, sepan escribir con ingenio, o no.  Son detestables.   Ese hombre, y tantos otros que murieron no merecen ser recordados por lo artístico, lo grotescamente bello de su partida, sino por lo que han hecho en vida, y eso les interesa poco a los consumidores del morbo de lo macabro.  No nos interesa "la vida", nos interesa la muerte.  Nos gusta hablar de ella como si fuera lo mismo que la vida, pero no lo es.  Al ser humano le gusta la experiencia de la muerte.  De lo contrario ¿por qué vemos ene mil pinturas sobre la crucifixión de Jesucristo en vez de tantas más sobre su vida y obra? ¿Por qué nos interesa tanto la explosión del Challenger, el hundimiento del Titanic, el Tsunami de Tailandia o la avalancha en Nepal?  En una sociedad en donde la gente es absolutamente incapaz de responder un saludo, menos aún de leer un libro, pretender que nos interesa la vida, es la mentira principal que se pretende reivindicar en día como el 11 de septiembre de 2001.

Cómo me habría gustado, 25 años después, poder escribir sobre las lecciones aprendidas a partir de ese día.  No hemos podido, ni hemos querido aprender nada.

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jueves, 19 de marzo de 2026

La mentira del derecho internacional - Parte 2

En el primer artículo de la Carta de las Naciones Unidas, se establecen los objetivos de las Naciones Unidas.  El primero de ellos textualmente reza:

Mantener la paz y la seguridad internacionales, y con tal fin: tomar medidas colectivas eficaces para prevenir y eliminar amenazas a la paz, y para suprimir actos de agresión u otros quebrantamientos de la paz; y lograr por medios pacíficos, y de conformidad con los principios de la justicia y del derecho internacional, el ajuste o arreglo de controversias o situaciones internacionales susceptibles de conducir a quebrantamientos de la paz;

No les voy a pedir que vayan mucho más allá de 2025, y miremos si esto se ha cumplido. Miremos Ucrania, Israel, Irán, Venezuela, y preguntémonos si se mantuvo la paz, si se tomaron medidas eficaces para prevenir y eliminar amenazas a la paz.  Salvo mejor opinión experta, parecería obvio que la respuesta es "NO".

A su vez, en el primer artículo del Estatuto de Roma por medio del cual se crea la Corte Penal Internacional, se lee lo siguiente:

Se instituye por el presente una Corte Penal Internacional (“la Corte”). La Corte será una institución permanente, estará facultada para ejercer su jurisdicción sobre personas respecto de los crímenes más graves de trascendencia internacional de conformidad con el presente Estatuto y tendrá carácter complementario de las jurisdicciones penales nacionales. La competencia y el funcionamiento de la Corte se regirán por las disposiciones del presente Estatuto. 

Miremos el caso de Palestina, y preguntémonos si efectivamente esa Corte Penal ha tomado algún tipo de medida para prevenir el genocidio que se está presentando en la Franja de Gaza, o en su defecto para sancionar a sus responsables.  Preguntémonos qué medidas ha tomado igualmente para evitar que los delirantes "Presidentes" que encabezan dos de las potencias mundiales decidan que está muy bien andar invadiendo países por sus propias motivaciones personales.  Nada ha ocurrido, y les anticipo, nada ocurrirá por ese frente.


Imagen tomada del sitio oficial de las Naciones Unidas: https://www.un.org/


Hace algunos días, cuando reinicié escribiendo en este blog, presenté el discurso del Primer Ministro de Canadá, Mark Carney, en el Foro Económico Mundial.  Hoy, al escribir este ingreso, lo he vuelto a ver, y observo que gran parte de lo que aquí digo se alinea con lo que dice Carney en ese discurso.  El orden mundial al que él se refiere parte de reconocer las mentiras que nos hemos venido diciendo a lo largo del tiempo.  En mi caso, la mentira a la que me refiero es a la noción de derecho internacional como se concibió y a partir de la cual se han desarrollado tanto la Carta de las Naciones Unidas, como el Estatuto de Roma.  Porque parece haberse dicho ayer, lo vuelvo a compratir en este ingreso:


Video obtenido de: https://www.youtube.com/@eldiarioes

No soy anarquista.  Por el contrario, tal vez los principios orientadores que más tienen significado para mí son los de orden y seguridad jurídica.  Sin embargo, el hecho de no ser anarquista no quiere decir que deba persistir en seguir reconociendo la mentira que se vende del derecho internacional actual.  La convención de Viena sobre el derecho de los tratados, y la convención sobre asuntos consulares están construídas sobre la base de la vigencia y eficacia de la Carta de las Naciones Unidas.  El derecho internacional público se ha construido sobre cimientos inexistentes.  Se trata ya no de una casa en el aire (por acuñar el término de la canción de Rafael Escalona) sino de un Condominio en el Aire.  No existen bases sólidas reales para sostener ese condominio.

En la práctica, la situación actual no dista mucho de la manera como se manejaban las relaciones exteriores en la antigüedad.  En ese momento, los más fuertes solían imponer sus condiciones sobre los más débiles, salvo que muchos de los débiles se unieran para hacer frente al más débil. La diferencia más palpable entre ese sistema y el actual, es que el mayor miedo de los pueblos en esa época es que la el conquistador decidiese erradicar de la faz de la tierra al perdedor.  Ahora, el mayor temor es que el conquistador decida acaban con la Tierra con tal de ganar, o en su defecto, de no perder.  Misma lógica, mismas reglas, con tecnología armamentística capaz de acabar con la raza humana, y otras tantas especies como "daño colateral".

Más allá del argumento de fuerza, que es el que he querido exponer aquí, en la última entrada de esta serie mostraré igualmente que los verdaderos sujetos de derecho internacional ya no son los Estados, sino las corporaciones.

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