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domingo, 25 de julio de 2010

Alazos Ed. 008

¡Adelante, niñas!

Debo reconocer que después de haber podido disfrutar del Mundial de Fútbol de Sudáfrica, de observar a un nuevo campeón entrar en el cuadro de honor, resultó sumamente desalentador y desolador, volver a la realidad del fútbol profesional colombiano.  Por ejemplo, veamos lo siguiente:

En los diarios colombianos, se dice que Santa Fe es uno de los equipos con mejor nómina para este torneo.  Sin embargo, cuando hemos de preguntarnos cuál fue la contratación estelar para reforzar el equipo, nos encontramos con que fue “Palmira” Salazar, un jugador que ha pasado por 12 (según escuché) equipos del fútbol profesional colombiano.  No entiendo por qué tanto alboroto por su contratación.  En realidad no tengo nada contra “Palmira” Salazar.  Su ejemplo simplemente lo utilizo para ejemplificar que el nivel del fútbol profesional colombiano sin duda está lejos de lo que cualquiera pudiera esperar.

Sin embargo, me parece injusto mencionar que el fútbol colombiano (en términos generales) está agonizando.  Basta repasar la gran campaña que están adelantando las mujeres que actualmente disputan el mundial Sub-20.  ¡Qué bien que están jugando estas niñas!  Ayer triunfaron con un 2-0 contundente ante el seleccionado de Suecia.  Esto ha llevado a las niñas a que lleguen a la fase semifinal, que es lo más lejos que ha llegado un grupo de esta categoría, a nivel mundial.

Para ellas, mi inmenso respeto, que hago extensivo a su técnico.  Ese es el espíritu que quisiera que tuvieran los hombres en la selección mayores.  Pero por ningún motivo dejaré que se empañe su gran participación, por la pobreza de los hombres a nivel local y a nivel internacional.

‘Pico’ para las pequeñas gigantes.


¡En contra de los sanguinarios!

Hoy, leyendo las columnas de opinión en El Espectador y en El Tiempo, me encuentro con un par de columnas que no solo no puedo compartir, sino que resultan argumentativamente muy pobres.  Me refiero a la nota final de la columna de María Isabel Rueda titulada “Chávez y Maradona rompen relaciones” en la que señala lo siguiente:

SE ME OLVIDA. Si la Corte Constitucional piensa prohibir las corridas de toros, un réquiem por los toros de lidia: quedarán condenados en Colombia a ser una especie en extinción, pues su crianza será económicamente inviable.

Ante este comentario, solo me restaría decirle a la columnista que es preferible, cualquier día del mundo, que se extingan por falta de rentabilidad, a que sobrevivan a partir de asesinatos sistemáticos de sus ejemplares para el morboso y retorcido goce de otra especie que disfruta eliminando cualquier cosa que respire.

En segundo lugar, leo en El Espectador la columna de Alfredo Molano titulada “Minorías culturales”, que sale con comentarios como el que sigue:

(…)Nadie pretende que todo ciudadano vaya a las corridas ni que todos las entiendan. Pero hay una tradición de profundas raíces culturales que debe ser respetada como debe respetarse a una minoría o a la mayoría. Prohibirlas es un acto de intolerancia cultural totalitaria; equivale a perseguir a una escuela, a una cofradía, a un grupo; a homogenizar los gustos, las interpretaciones de la vida, las sensaciones. Proscribir las corridas de toros, los gallos, el coleo son actos despóticos que atentan contra lo que la Constitución llama “el libre desarrollo de la personalidad”, que podría ser tan brutal y arbitrario como perseguir a los homosexuales y lesbianas, los ateos o los judíos. (…)

Estoy seguro que le asiste razón a Molano en que no todos entendemos lo de las corridas de toros.  Es verdad que a algunos nos queda difícil entender cómo un ‘circo’ de beodos asistan a ver cómo se mata progresiva y dolorosamente a un animal que lo único que les ha hecho a ellos es nacer.  Perdón, nacer, y ser grande y bravo.  Tal vez debería ser política mundial eliminar a los que nacen grandes y bravos, para que todos veamos lo artístico y culturalmente aceptado que podría ser.

Quizás, de pronto, será por el hecho de que el toro no puede ganar.  A lo sumo, empata.  Tal vez será porque nunca disfrutamos de la manera como la Iglesia persiguió mujeres para empalarlas y quemarlas, o quizás porque cuando los leones se comían a los cristianos en los circos, no todos podríamos disfrutar de tanta adrenalina.  De pronto, y sólo de pronto, es porque creemos algunos que la cultura de matar no es cultura sino incultura, soberbia y prepotencia.

Me gusta, eso sí, de que manera puede llegar el punto de vista a utilizarse de manera satírica y descachada, para justificar un espectáculo abominable, intentando ‘voltear’ los argumentos en contra de las corridas, para utilizarlas a favor.  Cuando a las mayorías les gustaban las corridas, se decía que había que respetar el querer general.  Ahora, que son minoría, es porque se debe respetar a las minorías.  No dejar de manera despótica que persigan de manera despótica a los toros, es como perseguir a homosexuales o a lesbianas.  Ahora resulta que el libre desarrollo de la personalidad está por encima del respeto a la dignidad humana, al bien general, y a los derechos de los animales.  ¡Seguro que sí!

A punto de amenazas fútiles y opiniones en defensa del libre albedrío, buscan justificar el sufrimiento ajeno.  Muy propio de nuestra especie, egoísta y subjetiva.


Comentario aparte

He tenido la oportunidad de asistir a la feria de las colonias.  Muy buena.  Se ven cosas muy interesantes.  Sin embargo, ¿no sería posible que los grupos de 15 personas caminen de forma tal que no formen una escuadra horizontal e impidan el paso del resto de la humanidad?  Bastante desconsiderado el asunto.
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martes, 30 de marzo de 2010

Ingenieros de la muerte

Cada vez que escribo un artículo como este, no puedo dejar de recordar al amigo Francisco Bermúdez Guerra, quien además de ser un colega abogado, blogger, también es egresado de la misma casa de estudios.  Sin embargo, él, a diferencia mía, cree que el hombre es bueno.  De hecho, tiene su propio blog de filantropía llamado FBG Filantropía.  A Francisco, un saludo especial.  Me alegra que todavía haya gente que no haya perdido la fe por completo en el ser humano.  Yo, por supuesto, no formo parte de ese grupo.

Ha pasado un mes y medio desde que advertí aquí acerca de la próxima matanza de focas en Canadá.  En el ingreso titulado “Estamos alegres II: Sigamos matando animales” me pronuncié acerca de la manera como celebramos lo magnífico del ser humano que es capaz de vencer en el ski jump o en el bobsled pero somos incapaces de asquearnos de manera generalizada en que acabamos con otras especies.   Pues bien, el día de hoy he recibido noticia a través de Facebook acerca de la suerte de las amigas focas.  Como era de esperarse, la matanza no iba a evitarse.  De hecho, según se menciona en el mensaje firmado por Tracy Reiman, Vicepresidente Ejecutiva de PETA, la cuota permitida de focas muertas asciende este año a 388.200 focas bebés.

Claro, es evidente que la tradición de matanza de focas en Canadá, o la de la matanza de delfines en Japón, denunciada por el documental “The Cove” justifica lo que sea.  Claro, es evidente que la tauromaquia, como arte que es, justifica acabar con algunos toros.  Una que otra buena bola de billar hecha de marfil justifica uno que otro elefante sacrificado.   ¿Y qué mejor en nuestros chalets que un tapete hecho de verdadero tigre?  Finalmente, nuestras religiones (casi todas ellas) nos sitúan como dueños del mundo, y todo lo demás está para servirnos, vivo o muerto.

Adicionalmente, eso de matar sí que es divertido.  O si no que lo digan los inquisidores del medioevo.  O los romanos.  Cualquiera que revise 2 o 3 documentales de Roma por Discovery, The History Channel o incluso National Geographic, podrá concluir que esos romanos eran buenos para diseñar formas de matar personas o animales, o los dos.  Lástima que no conocieran la pólvora en esa época.  La habrían pasado de maravilla.  Ya me imagino los hombres bala, disparados de cañones contra rocas afiladas o plantas llenas de púas.  Tal vez si existieran los motores a gasolina, podrían los gladiadores modernos esquiar sobre lagos infestados de pirañas.


Imagen tomada de:  www.artelista.com 

Pero bueno, al menos podemos destacarnos de ellos en algún sentido.  Hemos sabido maximizar la matanza a gran escala.  Seguro que si los romanos hubieran podido elegir, no habrían intentado inmolarse en buses o en trenes.  En eso los campeones somos los de esta época.  ¿Será que a los romanos se les habría ocurrido fragmentar las puntas de las ojivas de los proyectiles para que se fragmentaran al momento del impacto y generaran más daño?  Personalmente creo que sí lo habrían hecho.  Sin embargo, eso de cavar hoyos en los proyectiles para untarlos de cianuro o de materia fecal para que la victima muera de una infección, si no ha muerto antes por el impacto, es bien ingenioso.

Nosotros los colombianos hemos logrado dominar el arte de matar en vida.  Hemos aprendido que lo importante a la hora de hacer sufrir, no es matar o dejar vivir, sino eliminar la esperanza y cualquier vestigio de alegría que pueda tener un ser humano.  Nos gusta más que el contrincante quede desmembrado por minas quibrapatas, a que muera.  Es mejor tener 10 años a alguien amarrado a un árbol, que darle un tiro de gracia.  En caso de que sobreviva, ya hemos matado gran parte de su alma.

¡Ahhh!  ¿Pero cómo me desvío del tema así?  No debo confundir a los civilizados con los bárbaros esos que secuestran.  Ellos son inhumanos, no como nosotros que tan solo queremos que los prisioneros se pudran en las cárceles por 50 o 60 años.  Son ellos los que les gusta generar pánico en la población, no nosotros que permitimos que los grandes capitales dejen en la bancarrota a un tercio de la población, con el compromiso de que nuestros gobiernos los salven a ellos.  Eso no genera pánico, son complots para desacreditar a los gobiernos.

En esta, la Semana Mayor, como no podemos comer carne, celebremos comiéndonos una buena langosta, que podemos degustar luego de que haya nadado un rato en agua hirviendo.  Mientras esta nada en su propio jacuzzi, pensemos por qué esos judíos malos fueron capaces de dar muerte a Jesús.  Comamos la carne blanca para no pecar, y luego vamos a tomar una siesta en el lujoso hotel de nuestra escogencia.  Claro, que no sea en Canadá, porque allá ya están totalmente ocupados con los viajeros que les gusta ir a interrelacionarse con pequeñas focas.
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martes, 6 de enero de 2009

Sobre las corridas de toros

El ingreso anterior me ha llevado a preguntarme sobre por qué es permitido aún que se martiricen animales simplemente para el goce de algunas personas que pretenden denominarse seres humanos. A estas alturas de la vida, he visto lo suficiente para saber que no hay nada más cruel y bajo en este mundo que el ser humano. Según dicen, los hombre primitivos se mataban entre sí para luego poder conquistar a la mujer. Un poco más adelante, vemos que entre los primeros registros documentales del mundo se encuentra un código penal, el de Hammurabi. Sin embargo, siendo un poco más precisos, veríamos que ese simplemente es el más famoso, pero que antes de él, vinieron otros códigos, también penales, como es el caso de Lipiteshtar y Urnammu. Sería interesante saber por qué veintidós siglos antes de que naciera Jesús, se les ocurrió diseñar un código para castigar hombres, por otras agresiones que éstos les cometieron a su vez a otros hombres.

Con esa duda en mente, me gustaría que hicieran un ejercicio intelectual de autoregresión, hasta sus respectivas infancias. Sería interesante saber cuántos de ustedes podrían repasar esta etapa de su vida sin concluir que aparte de la crueldad inherente al ser humano, el egoísmo de los niños llevaba a que nosotros, o alguno de nuestros compañeros cometiese el mayor número de barbaridades. Actos crueles que en ese entonces nos parecían divertidísimos. Además de sacar a los peces de sus peceras, lanzar piedras a los pajaritos, y perseguir perros con palos, en mi caso particular recuerdo un episodio que se repetía todos los años. No recuerdo exactamente en qué mes, los campos de fútbol del colegio se veían colmados de pequeños cucarrones (así se le llaman en mi ciudad a los insectos que son una especie de pequeños escarabajos de color pardo, que suelen transportarse en vuelos de cortas distancias). Estos cucarrones aparecían y desaparecían como por arte de magia, y en realidad, este periodo de invasión no duraba más de 2 o 3 semanas. Seguramente se reunían para aparearse, o algo así. Lo que importa destacar de este fenómeno, es que los pequeños cucarrones –que realmente no causaban ningún daño– atraían niños que les gustaba patearlos por la forma graciosa en que volaban por el aire. Otros los capturaban con complejo de cirujanos, e intentaban despedazarlos por partes, por simple curiosidad sádica. En efecto, todo ello ocurría todos los años. Probablemente de pequeños, no todos éramos concientes de nuestra maldad, por lo que éramos unos terroristas de insectos a título de culpa y no de dolo.

Cuestión diferente es la que se presenta con la fiesta brava. Para darle una descripción no tan prejuiciosa, como me gustaría, podría ser descrita así: Es un evento social al que se acude para observar el espectáculo consistente en que una cuadrilla de individuos burlan a un bovino de gran tamaño, generándole daño físico en precisos momentos, por picadores, banderilleros y el “matador”. Mientras el daño físico progresivo ocurre, la burla se presenta cuando mediante una capa roja, se incita al animal a atacarla, de forma tal que el torero lo haga esquivar el capote mediante movimientos cuasiacrobáticos, que tienen nombres y estilos. Al finalizar esta muestra de danza del torero, el espectáculo finaliza con la muerte del toro, atravesándole una espada por su lomo, con intención de traspasar su corazón y algún órgano vital. Luego, el animal es degollado y se cortan sus orejas, como premio al artístico torero. Mientras todo ello ocurre, el público extasiado grita Olé, como forma de incitar al actor principal, lanza flores y saca en hombros al torero, cuando la faena ha sido ejemplar. Esto que acabo de describir, no se presenta una vez, sino varias veces en el mismo día, con varios toros que son burlados y matados. Luego de esto, el evento social termina con una sesión de remate de faena, en el que los asistentes comen y beben con buen apetitito. Allí termina la fiesta, al menos por ese día.

Visto lo anterior, me gustaría intentar compaginar el actuar de los ciudadanos de bien que acuden a estas festividades. La idea es intentar ver ambos puntos de vista jurídicamente, para ver qué podemos extraer de ello.

1) Es principio general en un Estado de Derecho, que lo que no está prohibido, se encuentra permitido. En consecuencia, si no se prohíbe la fiesta brava, es porque está permitida.

2) Aplicando la analogía favorable, podríamos argumentar que existe una serie de actividades lesivas de los derechos de animales, como es la experimentación con animales para fines científicos, en donde estos últimos también son diezmados y muchas veces matados sin la menor contemplación, con miras a producir objetos que habrán de ser comercializados. En ambos casos existe ánimo de lucro.

3) No es injusto, en la medida en que el toro de gran calidad puede ser objeto de indulto, lo que implicaría que no muere, y obtiene una merecida jubilación de pastar y procrear, a diestra y siniestra. En otras palabras, el toro no siempre es condenado a la pena capital, y puede incluso resultar galardonado.

4) No es diferente matar a un bovino en la fiesta brava, que matarlo en un matadero. En este último caso, no lo consienten momentos antes de morir. Además, en ambos casos, al animal lo hieren con hierro, y muere con dolor. El tipo objetivo es el mismo.

5) Quienes se escandalizan por la fiesta brava son unos hipócritas puesto que se comen a la res en sus casas, a diario, pero se escandalizan por la muerte de estas en una plaza de toros. Lo único que cambia es el escenario. En ambos casos hay dolo.

6) La fiesta brava es una actividad de tipo privado. Quienes no están de acuerdo con ella, no están obligados a asistir. Se respeta el principio de la autonomía de la voluntad privada.

7) Así como a quienes les gusta la fiesta brava no pueden obligar a quienes no les gusta que asistan a estos eventos, quienes están en contra de estos eventos no pueden obligar a quienes sí les gusta a abolir este espectáculo. Existe un derecho fundamental claro cual es la libertad de conciencia y de expresión.

8) Los toros son cosas y no personas. Por lo tanto no son susceptibles de ser titulares de derechos.

Probablemente habrán muchas más razones. Como observarán, no aludo a que esto es arte, porque eso es una categoría subjetiva, y obedece a la pasión y no a la razón. Es tan válido o inválido como decir que es una manifestación de la degradación humana. En ambos casos, estamos ante opiniones y nada más. Invito a quienes son defensores de las corridas de toros a que presenten más argumentos, porque sin duda es un tema actual y el debate sigue claramente latente.

Respecto de estos argumentos, es posible controvertirlos con contra-argumentos jurídicos, de forma tal que se pretenda reivindicar la postura antitaurina. Metodológicamente procuraré presentar brevemente algunos contra-argumentos frente a cada una de las posturas expuestas, para representar una estructura jurídica antitaurina. Observarán que la discusión presentada, tanto en el caso anterior, como en este, no se trata de un problema normativo, puesto que ello deriva de una simple decisión política en uno u otro sentido. Se pretende aquí sustraer la discusión de ese ámbito, para permanecer en la órbita de la lógica jurídica o de la filosofía jurídica.

1) Lo permitido no quiere significar que sea ilimitado. Los derechos cuentan con núcleos esenciales que no pueden ser desconocidos, pero de allí en adelante existen diferentes niveles de alcance del derecho. Llegado el punto de ejercicio irrestricto del mismo, podría perfectamente incurrirse en abuso del derecho. Bajo ese entendido, el hecho de que no se prohíban expresamente las corridas de toros, no significa que el sacrificio de animales mediante un programa metodológico de sufrimiento previo a la estocada final, sea jurídicamente admisible.

2) El hecho de que existan actividades análogas que no sean objeto de prohibición expresa, no significa que la conducta humana se pueda considerar jurídicamente válida o admisible per se. La bondad o maldad de una conducta constituye un juicio de valor que subyace dentro de la órbita de la moralidad y no de la juridicidad de una conducta. Desde la perspectiva jurídica, se deben sopesar los intereses, los derechos y los principios en juego para extraer una solución justa. En el caso de los animales de laboratorio, usualmente se valen de la dicotomía Vida del animal Vs. Vida y Salud de los humanos (aunque personalmente no estoy muy de acuerdo con esta fórmula). En el caso de la fiesta brava, la dicotomía es Vida del animal Vs. Gozo y recreación de la sociedad. Lo altamente sorprendente, es que históricamente ha prevalecido el segundo de los intereses.

3) En la prisión de Guantánamo (Cuba), muchos de los personajes allí recluidos no son terroristas, y otros sí lo son. De hecho, después de varios años de tortura, algunos salen de allí y recobran su libertad y obtienen alguna compensación por su sufrimiento. Por ende, la metodología de Guantánamo es justa y válida. Quienes defiendan el argumento 3 en pro de las corridas de toros, lógicamente tendrían que aceptar este argumento igualmente.

4) Si bien es cierto, matar es matar, debe analizarse igualmente si existe alguna norma que permita justificar dicho proceder, o en otras palabras, que neutralice la conducta prohibida. Al preguntarnos si existe alguna justificante, en el primer caso estamos ante la necesidad de matar para divertirnos, y en el segundo, ante la necesidad de matar para comer.

5) Si bien es cierto que en ambos casos existe el dolo de matar, también lo es que en ambos casos existe un ingrediente subjetivo (como lo llamarían los penalistas) que no es otra cosa que una motivación especial subjetiva que matiza la intención de matar. No es lo mismo matar para sobrevivir, que matar para divertirse. Adicionalmente, en el caso de la res para comer, no existe una intencionalidad de generar mayor sufrimiento del necesario al vacuno, mientras que en el caso de las corridas de toros sí existe un dolo de lesionar progresivamente y matar a cuentagotas.

6) El principio de la autonomía de la voluntad privada, que rige los asuntos comerciales, depende del acatamiento de normas de orden público y de normas imperativas. En la medida en que ello se dé, resulta válido cualquier negocio jurídico planteado. No obstante, las corridas de toros implican el desconocimiento del deber correlativo de respetar derechos de tercera generación, y de obrar con humanidad, conforme a los lineamientos trazados por las normas internacionales. Por lo tanto, es un derecho ilegítimo.

7) La libertad de conciencia involucra la posibilidad de autodeterminar la forma de pensar y de actuar, lo que conlleva la libertad de expresión. Sin embargo, estas libertades necesariamente implican un uso personalísimo de ellas, de forma tal que cualquier aspecto positivo o nocivo recae necesariamente sobre quien ejerce la libertad. La libertad cesa en la medida en que choca con libertades de otras personas o de otros seres.

8) Las sociedades, por su esencia, son cosas y no personas. Por una ficción legal, se han considerado personas, hasta el punto que algunas legislaciones le han dado capacidad jurídica para ser sujetos activos de delitos. Por lo tanto, los derechos no son iusfilosóficamente exclusivos de las personas naturales. Ello conlleva una decisión político-jurídica que perfectamente puede hacerse extensiva a los animales.

En algún ingreso posterior, procuraré afrontar el tema desde un punto de vista normativo, para ser exhaustivo en esta discusión. Por el momento, considero que temáticamente debe dejarse abierto este espacio para debatir lo que se considere pertinente y conducente.
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jueves, 1 de enero de 2009

Estamos alegres: matemos animales y golpeemos personas

En este espacio, he sido frontal y acérrimo crítico de la violencia contra los animales. La reciente edición de la Feria de Cali me permitiría pronunciarme al respecto. Lo que no esperaba es que tuviese que ser tan pronto. Ha motivado mi intervención temprana, la noticia que ha llegado a mi conocimiento el día de hoy, a través de una red virtual. Les resumo: En una corrida de toros en la Feria de Cali, ingresaron al ruedo unos activistas antitaurinos, para protestar por la matanza de los toros. La respuesta fue que fueron sacados a mechonazos y golpeados fuera del ruedo. De lo primero, hay testimonio fotográfico, y la verdad, por lo visto, no parece quedar mucha duda de que lo segundo también es cierto.


Imagen tomada de: fcliberacion-animal.hi5.com

La reacción de la prensa ha sido tibia. Malo los golpes, y mala la manifestación. Ambas partes fueron “indelicadas” en su proceder. Empate 1-1. En especial, me referiré a dos reacciones. La primera de ellas se encuentra consignada en el diario El Espectador. Cito el aparte pertinente, de la crónica escrita por Víctor Diusabá Rojas:

“Sobrero: Injustificable que los antitaurinos intenten sabotear el desarrollo normal de las corridas de toros, tal y como sucedió ayer en Cañaveralejo cuando tres jóvenes se lanzaron a la arena, en el arrastre del primer toro. Y no menos repudiable la forma salvaje como fue agredido uno de ellos por parte de uno de los funcionarios de la plaza (Armando Rivera es su nombre). Ya conocemos en este país cómo la justicia por propia mano es el peor de los remedios. El señor Rivera le debe una explicación al agredido, a las autoridades y a quienes asistimos a Cañaveralejo a ver toros y no al circo romano (¿Dónde estaba la Policía?).”

Ahora, los invito a que escuchen las reacciones registradas en Caracol Radio el día de ayer (la corrida de toros fue el 30 de Diciembre), en donde se escucha la posición de una activista antitaurina, del mismo señor Armando Rivera (protagonista de la escena que acabamos de ver) y las opiniones de los periodistas encargados de realizar la entrevista. Sin embargo, me gustaría hacer énfasis en la narración del indulto, como aparece registrada en el registro de audio. Dichoso el narrador, se ensaña contra los activistas, en una actitud lamentable. Por lo demás, dejo los argumentos a juicio de los lectores. Solo agrego que oraré para que nunca sea invitado a la casa del señor Rivera. ¿Si en la sala de “nuestra” casa matamos toros, que me podría ocurrir en la sala de “su” casa? Gaviota al Horno, cuando menos.

Teniendo en cuenta la aversión que me genera el disfrute de la tortura de cualquier animal, y a pesar de no ser realmente un activista de pura cepa, felicito a quienes sí dedican sus esfuerzos a luchar en contra del maltrato a los animales. Una cosa es matar a un animal para comerlo y poder vivir; la naturaleza en sí misma ha querido que existan cadenas alimenticias y que se regule la población de especies de esta manera. Otra cosa muy distinta es que mutilemos en pequeñas dosis a animales, mientras miles de personas gozan con ello, para finalmente atravesarle una espada, y esperar a su muerte pública y humillante. Por ello, me siento reconfortado que los resultados que comparte Jordi Casamitjana con nosotros, por intermedio de la entrevista realizada por el diario El Tiempo el pasado 29 de diciembre del año que recién terminó. Ciudades antitaurinas de la importancia de Quito, resultan alentadoras para quienes estamos en contra de la fiesta brava.

Me resulta contradictorio que un defensor del derecho, de la justicia, sea defensor y promotor de esta clase de conductas. Importantes mandatarios, periodistas y personas de la “alta sociedad” acuden a estas corridas a presenciar martirios de animales, cuando momentos antes han salido de misa para pedir perdón por el mal cometido, y luego escriben textos sobre la importancia de imponer la cadena perpetua contra los delincuentes sádicos. Sí, los mismos que el año anterior marcharon contra los “violentos”. Es decir, contra los violentos que no ejercen la clase de violencia que ellos ejercen, porque esa sí está bien. Tal vez les gusta a ellos “echarle” el carro a quienes osan cruzar su camino en las vías públicas, sin su consentimiento. Posiblemente cuando juegan fútbol con los de su empresa, le pegan dos buenos planchazos al jefe para desquitarse del trabajo de la semana.

En una oportunidad no muy lejana, abordaré el tema desde una perspectiva estrictamente jurídica, para que aquellos a quienes les gusta el debate estrictamente jurídico, aporten sus argumentos en pro o en contra de las corridas de toros. Por ahora, simplemente acordemos que actualmente en Colombia es justo mechonear a activistas impertinentes, y que matar por diversión, es un derecho. En Cali, Manizales, Bogotá, por nombrar solo algunos lugares, cuando estemos con ganas de fiesta, vamos a mirar muerte y golpizas. No solo es legal, sino bien visto. Vamos para toros, ¡¡Olé!!
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