miércoles, 23 de mayo de 2018

Una defensa de las "preguntas chimbas"

En la presente semana, la campaña electoral colombiana para la Presidencia de la República ha contado, como era de esperarse, con ataques de lado y lado, mostrando lo visceral que puede ser una contienda política, un un país habitado por un gran porcentaje de ciudadanos viscerales.  Se ha visto mucho "conversatorio", mucho "debate" y mucha "entrevista" en cuanto escenario sea posible realizar una de estas.   Asimismo, el foro de las redes sociales sigue abundando en insultos de todo tipo, razón por la cual a ellos no me referiré.

Respecto de las entrevistas: cada uno de los candidatos intenta decir lo que considera que es más popular resaltar en relación con sus propuestas, enfrentados a lo que cada uno de los periodistas considera que es más punzante preguntar para fastidiar al candidato que no va con su línea editorial, o por el contrario lo que más le conviene que le pregunten al candidato que sí va con su línea editorial.  Esto gusta mucho a los oyentes de estas emisoras, porque cada cual se afilia a aquella que va más acorde a su forma de pensar.


Imagen tomada de: www.eltiempo.com

Los debates: desde hace mucho tiempo dejaron de ser debates, dado que no hay allí algo que realmente se debata.  Lo que se da, en cambio, son tandas de muchas preguntas con respuestas cortas, al mejor estilo de los programas de concurso de televisión. En consecuencia, es una especie de mini-entrevistas masivas, con muy poco de debate.  Quizá los conversatorios son los escenarios donde más se puede conocer las propuestas argumentadas de los candidatos.  Esto, sin embargo tiene un costo elevado para el asistente a los eventos: se presta para que el candidato evada el tema sobre el que realmente debe hablar, llevando el punto a lo que realmente le interesa mostrar.  En otras palabras, los conversatorios se prestan mucho para que se les "mame gallo" a los asistentes, y a los moderadores.

Pensando en este tipo de circunstancias, las democracias postrevolucionarias idearon la idea del partido político como un espacio en donde la gente se agrupara en torno a ideas centrales que se convertirían en principio orientador de cualquier programa político.  En consecuencia, cualquier candidatura debería sujetarse un programa político, y este a su vez, se sujetaría al ideario de un partido.  No debemos desgastarnos mucho para saber que en la actualidad las candidaturas políticas no funcionan así.

En todo caso, aún si funcionaran así, el sistema político colombiano (y sí, me refiero a la democracia colombiana únicamente) está diseñado para que no haya manera alguna de exigirle a un cadidato (una vez haya sido elegido por el pueblo) que cumpla con algo de su programa de gobierno.  De hecho, el sistema impide que la revocatoria de mandato opere frente a una figura como el Presidente.  En consecuencia, desde el punto de vista jurídico, no existe ninguna razón válida por la cual un candidato "tenga que" decir lo que realmente haría en el evento de ser elegido.

Tan cierto es lo anterior, que el Presidente Juan Manuel Santos logró hacerse elegir en su primer mandato con un discurso que es diametralmente opuesto (180°) al discurso con el que se cerró su segundo mandato.  La coherencia, en consecuencia, no es algo que se le pueda exigir a un mandato.  Tan cierto es lo anterior, que hace ya 8 años, cuando analicé las candidaturas presidenciales del momento, textualmente señalé:

No ha salido como ganador de los debates, porque no ha logrado transmitir proyectos de gobierno propios.  Su desmedida lealtad hacia la figura del Presidente Uribe lo muestra como un continuador del mandatario actual.  El problema es que esa misma lealtad fue profesada hacia Pastrana, y otros más.  Esa capacidad de cambiar de parecer genera cierto temor hacia lo que ‘realmente’ haría si llegara a la jefatura de Estado.  Todavía no se ha aclarado si Santos sí buscó pactos con la guerrilla para derrocar a Samper.  Este episodio turbio, genera dudas que no ha logrado despejar Santos en los debates.
(Negrillas y subrayado por fuera del texto original)


Si se observa bien, lo único que teníamos como garantía de qué iba a hacer Santos, era analizar quién es Santos.  Ahora, el país sabe quién es él, aunque pudo saberlo desde mucho antes.  Esto resulta importante aquí, porque el derecho colombiano no tiene ninguna garantía para el elector de que está votando por lo que "realmente cree" que está votando.  Con Santos pasó, según se ha visto.  Sin embargo, eso también pasó con el expresidente y hoy Senador Uribe, quien se hizo elegir en su primer mandato con la bandera de la seguridad y de la lucha contra la corrupción.  En la práctica, cumplió a medias, dado que los procesos judicales derivados de la "compra" de la primera reelección dan muestras de que su lucha contra la corrupción la perdió a tal punto que su Gobierno terminó "peleando a favor del contrario".

Si el derecho no ofrece ninguna garantía para que el votante sepa que su voto obligaría al hoy candidato a actuar de determinada manera el día de mañana cuando ya sea Presidente, la mejor fórmula para saber qué puede hacer su candidato, es saber quién es su candidato.  Por "saber quién es" su candidato, no me refiero a las superficiales etiquetas que se suelen manejar aquí en el país, tales como "el castrochavista", "el títere", "el abogado de las FARC", "Coscorrón" o "el tibio".  Para ingeniosas etiquetas de esas, hay ya suficiente analítico de la frivolidad.

Saber quién es su candidato implica desentrañar la personalidad de su candidato.  A título de ejemplo, solo un ejemplo  por candidato, de situaciones negativas que demuestran parte de quiénes son:

* Si su candidato exige de los demás una cosa, y él mismo no lo hace, como presentar una declaración de renta ¿qué nos dice eso sobre lo que podría hacer mañana? (Petro)

* Si su candidato dice ser el más preparado para Gobernar, pero sus mayores éxitos políticos son haber sido Vicepresidente del Presidente más cuesitonado de la historia reciente del país, y haber liderado el proceso de paz que cada vez resulta más cuestionado, ¿qué nos dice eso sobre lo que puede lograr? (De la Calle)

* Si su candidato dice ser el que va a solucionar solucionar la corrupción del país, pero a la vez ha sido y es cabeza del partido político que ha brillado por ser el más corrupto de los últimos años, ¿qué nos dice eso sobre lo que realmente haría contra la corrupción? (Vargas Lleras)

* Si su candidato hoy dice ayer que le gusta el fracking, hoy dice que no, y mañana vuelve a decir que sí, qué nos dice eso sobre la consistencia de sus propuestas? (Duque)

* Si su candidato habla del respeto a la diversidad, pero a su vez su propia fórmula a la vicepresidencia sale y ataca o se burla de cuanto contendor tiene, ¿qué nos dice eso sobre su capacidad de liderazgo? (Fajardo)

Como estas preguntas, pueden formularse muchas otras (para bien, o para mal) a cada uno de los candidatos.  Además, hay muchas situaciones que parecen menores, pero que dicen mucho de una persona: si saluda o no, si grita a los demás o no, si atiende sus llamadas o no, si le gusta leer y estudiar o no, si tiene una familia estable o no.  A esto, el candidato Germán Vargas Lleras lo ha calificado esta semana como "preguntas chimbas".  Son chimbas, en su sentir, porque el país está pendiente de los temas que realmente le importan como la seguridad, la corrupción, el trabajo, la salud.  La persona que le formulaba estas preguntas era la directora del programa radial de las mañanas de RCN, Yolanda Ruiz.  Su simple declaración es otra muestra más de quién es él.



 Imagen tomada de: http://lacasadelcurioso.com

Si el derecho no es garantía de saber por qué, o por quién estamos votando, quizá a punta de "preguntas chimbas", podamos medianamente saber quienes son esos 5 señores que dicen ser la solución a los problemas reales del país.  Visto en retrospectiva, podemos saber que en la política nacional, estudiarse un programa presidencial en detalle tan solo sirve como una aproximación a lo que sería un eventual gobierno de un candidato.  Tras 199 años de vida republicana (contado desde la expulsión definitiva de los ejércitos españoles de estas tierras), todavía nuestra democracia no ha logrado idear una forma jurídicamente efectiva de garantizar que lo que nos prometen sea lo que nos cumplen, o al menos que evite que hagan lo contrario a lo que prometieron.

En consecuencia, ante la ineficacia del derecho, invito a los lectores a que analicen las respuestas a las "preguntas chimbas" que los candidatos nos dan.
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miércoles, 12 de agosto de 2015

Twitter y Facebook: ¿Y qué debo esperar?

Todos los días vemos de qué manera se vuelven las redes sociales una fuente de informacion veraz, pero también de información falsa.  El presente ingreso tiene por objeto cuestionarnos acerca de esa aparente pretensión de veracidad que le presentamos a este tipo de información.  Para ello, observemos los siguientes ejemplos.

Ejemplo 1:

El llanto del jugador de Costa de Marfil:


Ejemplo 2:

La tumba de Jaime Pardo Leal:


Ejemplo 3:

La supuesta muerte de Mr. Bean (en inglés):



En cualquiera de los tres casos, se trata de información falsa que empezó a circular por las redes sociales.  Y la pregunta es: ¿Es válido que nos indignemos porque empiezan a circular noticias falsas en las redes sociales?  Quizás para muchas personas es claro que sí es válido que nos indignemos cuando nos hacen ser parte de la difusión de información falsa.  Personalmente, yo caí en la primera de las tres.  A través de Twitter, manifesté mi admiración por aquél hombre que lloró al recordar a su difunto padre.  Y como muchos otros, también me indigné al saber que se trataba de una mentira.

Bien... supongamos que es válido indignarse, y que en cierta forma tenemos un derecho a estar indignados.  La pregunta es: ¿Por qué tenemos ese derecho?

Gran parte de la pregunta se resuelve a partir de la normatividad social, y no a partir del derecho.  Los usos sociales nos han acostumbrado a que si algo se "publica" es porque ese algo corresponde a la realidad.  Existe una clara excepción y es el artículo o la columna de opinión, en donde precisamente el lector es advertido acerca del contenido de aquello que va a encontrar.  Sin embargo, no esperaríamos que un artículo en un periódico, que una noticia que oimos en radio, o un tweet contenga información falsa.

Quizá exista consenso en eso.  Sin embargo, la fuente de dicha "expectativa" no es clara.  ¿A título de qué debo esperar que alguien me diga "la verdad" si es que tal cosa existe?  En el caso de los periodistas de profesión, dicha expectativa se funda en la deontología de la profesión, que exige imparcialidad, veracidad e integralidad de los periodistas.  En consecuencia, si la profesión tuviese algún nivel de autorregulación, esperaríamos que los que ejercen el periodismo, difundan información veraz.

No ocurre lo mismo con Twitter o con Facebook.  ¿Si algún usuario decidiese de manera desprevenida seguir una cuenta como @Gaviotajuridica en Twitter, debería esperar que la información que reciba de esa cuenta sea verdadera?  El usuario quizá esté tentado a decir que sí, pero no posee ninguna razón válida para hacer dicha exigencia.  Uno de los derechos que le asiste a @Gaviotajuridica es a mentir, pues de lo contrario, y es precisamente ese derecho a mentir el que sirve de sustento para entender que la falsedad ideológica no es delito, por regla general.

 Imagen tomada de: www.definicionabc.com

La libertad de expresión me permite decir barbaridades, siempre que con dichas barbaridades no vulnere los derechos de otra persona.  Quizá podría argumentarse que el lector tiene derecho a que no le mientan.  Quizá eso es cierto, pero lo que no tiene es derecho a exigirle a @Gaviotajuridica que le respete ese derecho.

¿El punto que está en discusión es: tendría el Estado el derecho para exigirle a @Gaviotajuridica que le diga la verdad a sus lectores?  La discusión es mucho más profunda de lo que se imaginan, pues una argumentación en esa línea es la que ha llevado en muchos casos a cuestionar los fundamentos de la autoridad: ¿Por qué deberíamos, acaso, obedecer aquello que el tal "Estado" dice que debemos hacer?

Retomando el punto inicial de esta argumentación, cabría preguntarse si existe alguna expectativa legítima que un lector de twitter o de facebook pueda tener acerca de la veracidad de la información que ha de encontrar en las redes sociales.  El tema no es obvio en un sentido u otro, y sin duda existe una exigencia que el lector hace de algún tipo de normatividad para que le permita sentirse seguro ante tal flujo de información.  El derecho, por lo menos, se encuentra bastante lejos de solucionar ese vacío que tenemos muchos lectores en Twitter.  Sin embargo, es momento de que el sistema jurídico despierte y proponga soluciones.
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miércoles, 29 de julio de 2015

Reivindicación de un animal extinto: el iusnaturalista

Nos aproximamos a la sexta extinción masiva de especies que ha vivido la Tierra desde su creación.  Eso lo han anunciado los científicos hace pocas semanas, y la raza humana sigue pensando -como viene pensando desde las épocas bíblicas- que una cosa es el mundo y otra cosa es él/ella.  Con ello quiero afirmar que seguimos creyendo como raza profundamente estúpida, que una cosa es la que le ocurra al mundo, y otra la que nos ocurra a los humanos.

Siendo un poco más realistas, los seres humanos en general, cuando hablamos de "los humanos", normalmente pensamos en nuestra familia (y en algunos casos, ni en eso), pero no estamos pensando en los 7 mil trescientos y pico millones de personas que habitan en el mundo (dato tomado de la página www.worldometers.info).  De hecho, hace tan solo algunos meses tuve la oportunidad de trabajar con uno de esos sujetos.  Trabajaba con él en la misma entidad, y de hecho, había estudiado con él en el mismo colegio, y jugado con él en selecciones deportivas de nuestro colegio.  Años después, este personaje era incapaz de saludarme a mí, como si hacerlo hiciera que su coeficiente intelectual cayera, o pero aún, que su cuenta bancaria se desocupara.  Dudo que este individuo negara que le interesa que "la humanidad" siga adelante.

Pero surge la pregunta:  ¿mi ex compañero de colegio, usted como lector, o incluso yo como autor de estas líneas está realmente dispuesto a jugársela por "la humanidad"?  Y pregunto aún más:  ¿y por qué "debería" jugármela yo, o usted o él, por salvar a una humanidad que poco o nada ha hecho por mi bienestar?  Las preguntas no son nada fáciles de responder, si lo que pretendemos es hallar razones desprovistas de clichés.

Esta, sin embargo, no es la motivación principal de escribir esta entrada.  Nos encontramos en un mundo donde poco importa qué o quién vaya "saliendo de escena", siempre que no sea "yo" el que salga.  En ese sentido, la extinción de "otros" nos resulta tan natural como la fotografía reciente de Plutón y de Caronte: no las habíamos visto nunca, pero al verlas nos pareció tan natural y tan inevitable...  En el pasado, hubo mamuts, hubo tigres dientes de sable, hubo rinocerontes blancos, y otra serie de especies que lamentablemente ya no deambulan esta "tierra de humanos".  Entre ese tipo de especies extintas, se encuentra el iusnaturalista.

También denominado como "defensor de la teoría del derecho natural", el iusnaturalista era un individuo que consideraba que el concepto de lo justo, de lo legítimo y de lo legal en cada sociedad determinada no era objeto de la arbitrariedad o del capricho de los poderosos, sino que derivaba de la observación que el ser humano hacía de la naturaleza, lo que a su vez permitía desentrañar una razón o legalidad ulterior (normalmente atribuida a Dios -o a un dios-).  La única forma de poder darle valor o legitimidad a una norma jurídica era si esta norma se encontraba dentro de lo que la ley natural prescribía.



El iusnaturalista primigenio no era un cerebro fugado (o si así lo creía, al menos le otorgaba cierto grado de autoridad a la naturaleza, y en muchos casos, a Dios).  Esto es particularmente relevante en momentos en donde la reivindicación de Dios (o de un dios) se encuentra pasada de moda, y da hasta pena mencionarlo.  Se ha pasado de un teocentrismo a una hiperracionalismo que hace que el ser humano creo que está por debajo de nada ni de nadie.  En ese sentido, la pregunta acerca de quién detenta el poder se viene a convertir en una interesante inquietud acerca de quién es el poseedor del derecho, en su acepción más civilista.

Cabe recordar que es aquel que se cree señor y dueño de un bien (en este caso, del derecho) y actúa en concordancia.  Un ejemplo palpable de este tipo de individuos son aquellos que coloquialmente denominamos que "se creen por encima de la ley".  Un iusnaturalista, por definición no podría creerse por encima de la ley, porque la ley (entendida como fuente formal de derecho) únicamente podría ser ley si es consecuente con la ley natural.  El positivista radical (su opuesto) dirá que ley es aquello que sigue un procedimiento de validación previamente definido, y que en consecuencia le da fuerza de ley a cualquier cosa que se acuerde por ese mecanismo de validación.

En la actualidad esa misma discusión parecería haberse trasladado al ámbito del derecho internacional.  Son los actores del derecho internacional los que se interesan por saber si cualquier cosa puede ser fuente de derecho internacional o si hay algo por encima de esas estipulaciones.  Para llegar allá, se tuvo que pasar por un importante devenir de luchas a partir del constitucionalismo moderno y postmoderno, que finalmente han llevado a que se imponga la idea de que los Estados están sometidos a ciertas reglas de carácter internacional.

El derecho internacional, sin embargo, parece no tener demasiado claro de dónde salen esos paremetros internacionales inamovibles.  En ocasiones se le atribuyen limitantes presupuestas a esos axiomas epistomológicos, pero sin duda, no es a la naturaleza a la que se acude.  Hay algo o alguien  que "decide" que existe otro "algo" a lo que el mundo debe atenerse para efectos de construir y desarrollar el derecho interno de los Estados.  Ese algo podría parecer supremamente razonable, pero también supremamente arbitrario.  Sin embargo, al parecer las cosas "son así", y punto.

Es el tránsito del derecho natural al derecho esotérico (por ponerle nombre al derecho injustificable) y los que miran con risa la época del primero, son en gran parte defensores del segundo (por supuesto, sin el nombre que aquí le he dado, pero sí acogiendo los postulados mencionados), y en la actualidad el mundo gira, las especies mueren, y sin embargo sigue habiendo algo o alguien que dice cómo deben ser jurídicamente las cosas en el mundo.
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